El Niño no es la emergencia; la improvisación sí
El Niño es un fenómeno recurrente, que afrontamos cada 7 a 10 años, aunque su periodicidad se viene haciendo más frecuente.
No es una sorpresa su presencia y, sin embargo, más de 9 millones de peruanos todavía viven expuestos a un riesgo muy alto, según estima el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENEPRED).
Es sorprendente que se sepa eso y aún no se actúe oportunamente.
Existe evidencia suficiente para identificar las zonas más vulnerables, pero parecería que entramos en un ciclo ya conocido: anuncios de estrategias, reuniones de emergencia, obras apresuradas y, finalmente, imágenes de viviendas inundadas, carreteras destruidas y familias que lo pierden todo.
Contamos con el conocimiento técnico necesario para reducir sus impactos, lo que sigue faltando es transformar esa evidencia en políticas públicas eficaces y sostenibles. ¿Por qué este Niño es más intenso? La enorme emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI) que se han acumulado a lo largo de los siglos XX y XX, provocan el aumento de la temperatura promedio del planeta, es decir, el calentamiento global.
Esto impacta sobre diversas corrientes marinas: la de Humboldt, que lleva agua fría del polo sur hasta el norte de Ecuador; la corriente ecuatorial, que llega al norte del Perú y que al calentarse produce el Niño Costero.
Otra corriente implicada es la de Cromwell, que va desde Australia hacia la zona ecuatorial, y que, al adquirir mayor temperatura, produce el llamado Niño Global.
La interacción de estas corrientes produce una mayor intensidad de lluvias en el norte y sequías en el sur ¿Cómo prepararnos para este evento que ya se encuentra en nuestro territorio? Primero, reconociendo la urgencia de disminuir las emisiones de GEI e incorporando una forma de vida sostenible.
Esto nos interpela a nivel individual, y principalmente, a nivel de políticas públicas, incluso en países con pocas emisiones, como el Perú.
Es indispensable poner este tema en la agenda del gobierno.
Pensando en El Niño actual, las autoridades competentes deben mapear las zonas sensibles , tales como bordes de ríos o zonas cercanas a quebradas.
Considerar que la distancia para viviendas y ocupación humana debe ser, como mínimo, de 300 metros desde la orilla del curso hídrico.
Esto por una razón elemental: el agua siempre buscará su salida natural y los ríos tienen cauces definidos.
A nivel de infraestructura, reforzar quebradas o hacer muros de contención es una solución de corto plazo.
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