Por qué Yayoi Kusama nos gustó tanto en Buenos Aires
Unos circulitos de colores .
Unos circulitos de colores por todos lados.
Eso, para decirlo simple -demasiado simple- había por todos lados, en la muestra de Yayoi Kusama que se vio en el Malba , en Buenos Aires, en el año 2013. ¿Por qué hacíamos cola, pagábamos la entrada para verla, nos metíamos en Instagram -entonces, no tan omnipresente- para repetir y repetir esas formas? La exposición se llamó Obsesión infinita y se convirtió en la más vista hasta ese momento en el Malba: 206.000 personas .
Algo (nos) pasaba con esta artista.
Un mes antes la mayoría no sabíamos quién era Yayoi Kusama y de pronto acá estaba, con la alegría de sus colores y la tristeza de su historia.
“Cuando era niña, mi madre no se daba cuenta de que yo estaba enferma.
Así que me pegaba, me abofeteaba, creyendo que decía disparates.
Me pegaba tanto que hoy la meterían presa”, escribía en su autobiografía La red infinita .
Sabíamos que esa madre la había obligado a ver los encuentros de su padre con otras mujeres y luego se había enojado... con la nena.
Sabíamos que a los 27 años, en 1956, había dejado el pueblo tradicional donde había crecido, en Japón, y se había mandado a Nueva York .
Nada podía ser fácil y no lo fue: “Era una lucha tras otra: conseguir comida como para pasar el día; sacar monedas de donde no las tenía para poder pagar pinturas y telas; problemas con Inmigraciones acerca de mi visa; la enfermedad… Muchos vidrios de mi estudio estaban rotos.
Mi cama era una puerta vieja que alguien había dejado tirada en la calle, y tenía una sola sábana.
Mi loft estaba en un edificio de oficinas en la zona comercial, entonces las estufas se apagaban a las 6 de la tarde.
Nueva York está casi tan al norte como la isla Sakhalin, y en ese departamento me helaba hasta los huesos, desarrollando dolor en mi abdomen.
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