La crisis hídrica que vive Roma ya existía en el Imperio Romano: cómo luchó el ingeniero Sexto Julio Frontino en el siglo I d.C. contra las tuberías clandestinas que dejaban sin agua a la ciudad
Esta semana, la sequía ha vuelto a bajar el nivel del Tíber hasta dejar al descubierto los bloques de piedra del conocido como Puente de Nerón, una estructura de casi 2.000 años de antigüedad que normalmente permanece sumergida cerca de la Basílica de San Pedro .
El caudal del río ha caído por debajo de los 80 metros cúbicos por segundo, la mitad del promedio histórico para este mes de julio , según datos de la agencia AP.
Giovanni Giganti, coordinador del servicio de protección civil de Roma, describió la situación como “una crisis hídrica grave”.
Lo que quizás no saben los turistas que se agolpan hoy en las orillas del río para fotografiar las ruinas es que Roma lleva más de dos milenios lidiando con exactamente el mismo problema.
El primer acueducto de la ciudad, el Aqua Appia , se construyó en el año 312 a.C. precisamente porque el Tíber ya no era suficiente para una ciudad tan extensa.
Sus aguas, contaminadas por los desagües de una ciudad que crecía sin freno , resultaban imbebibles.
La solución romana fue monumental: a lo largo de los siglos siguientes, la ciudad construyó once acueductos capaces de suministrar, según estimaciones modernas basadas en los cálculos del propio ingeniero Sexto Julio Frontino , entre 520.000 y un millón de metros cúbicos de agua al día para una población de aproximadamente un millón de habitantes.
Pero la ingeniería no bastaba.
El verdadero problema del agua en Roma no era técnico, sino humano.
En el año 97 d.C., el emperador Nerva nombró a Frontino comisario de aguas de la ciudad, el cargo equivalente a lo que hoy sería un ministro de infraestructuras hidráulicas.
Lo que Frontino encontró al tomar posesión del puesto quedó registrado en su tratado De Aquaeductu Urbis Romae , el documento técnico más antiguo sobre gestión del agua que se conserva.
El panorama era desolador.
“Los propietarios de tierras por cuyos campos discurren los acueductos perforan los canales, de modo que los cursos de agua públicos quedan paralizados por ciudadanos privados, para regar sus jardines” , escribió Frontino.
El robo de agua era tan sistemático que el comisario describió una práctica que él mismo bautizó como “punción”: tuberías clandestinas instaladas bajo los adoquines de las calles que desviaban el agua hacia negocios y viviendas particulares a lo largo de todo el trazado de la red.
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