“Me separé de quien amaba y tres años después me di cuenta de que era por una razón distinta de la que creía”
Me quedaban nueve días para decidir qué hacer con esas fotos antes de que el teléfono las borrara definitivamente.
Habían pasado casi tres años desde que nos separamos y ahí estaba yo, recorriendo la carpeta de eliminados y recuperando algunas de las imágenes que tres semanas antes había decidido borrar, convencida de que ese gesto podía ayudarme a terminar de soltarlo.
Ahora no estaba tan segura.
No sabía si estaba salvando recuerdos que formaban parte de mi vida o si, detrás de ese argumento razonable, seguía escondida la fantasía de que algún día él volviera .
Dicen que las fotos son lo último que se tira cuando uno ordena una casa y decide desprenderse de las cosas que ya no necesita.
Quizás sea porque una foto nunca es solamente una foto , sino una puerta que se abre hacia una persona, una época o una versión de nosotros mismos que ya no existe.
Uno mira una imagen tomada diez años atrás y no ve apenas dos personas sonriendo frente a una cámara: recuerda lo que estaba pasando ese día, lo que sentía, aquello que todavía no había sucedido y, sobre todo, la felicidad que en ese momento parecía tan natural que ni siquiera imaginábamos que alguna vez podría terminarse.
Durante casi tres años me había negado a borrar las fotos que tenía con él con un argumento que me parecía bastante sensato.
Tampoco había eliminado las imágenes de relaciones anteriores porque esas personas, aunque ya no estuvieran en mi vida, formaban parte de mi historia y no veía ningún sentido en fingir que nunca habían existido.
Hasta que un día mi psicóloga me dijo algo que me dolió bastante más de lo que estaba dispuesta a reconocer. — Vos no estás afectivamente disponible.
Me defendí enumerando los hombres con los que había salido, las aplicaciones que había instalado, las citas que había aceptado y todo el esfuerzo que supuestamente estaba haciendo para seguir adelante.
Ella me escuchó sin interrumpirme y, cuando terminé, me dijo que no dudaba de que estuviera haciendo todas esas cosas, pero que hacerlas no significaba necesariamente estar disponible.
Una parte de mí, dijo, seguía esperando que sucediera algo que hiciera posible recuperar la vida que había tenido con él.
Sentí algo de bronca, probablemente porque reconocí una verdad en lo que me estaba diciendo.
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