Milei llegó al poder con Cerimedo, y eso sigue complicándole la tarea de gobernar
En estos días se puso más a la vista que nunca que no hay peor enemigo para los objetivos reformistas del gobierno que el fanático extremista que habita en Javier Milei.
Tras los tropiezos que vivió la agenda legislativa del oficialismo en las últimas semanas, por haber privilegiado reformas que no eran esenciales y encima tenían poco consenso entre los aliados, como fue el caso con la eliminación de las PASO y la Ley de Tierras, en el gobierno se tomaron el trabajo de seleccionar mejor sus próximas iniciativas, concentrarse en lo esencial y en lo que tiene más chances de avanzar.
Por ejemplo, la reforma de la Carta del Banco Central.
Eso llevó a los referentes más preparados del nuevo régimen económico en gestación a dar un paso al frente dentro de la tropa oficialista, para explicar públicamente lo que se pretende lograr con este proyecto.
Y en cuanto él se empezó a discutir, se pudieron advertir varias diferencias con lo vivido anteriormente: ahora sí se entendían los objetivos y fundamentos, los argumentos no eran contradictorios según cuál de las múltiples facciones del gobierno se manifestara, y el eco entre los habituales aliados del oficialismo era bastante amplio y sin demasiadas vueltas.
Todo lo cual probaba lo mal que se habían estado definiendo la secuencia y las prioridades en los meses previos.
Santiago Bausili explicó, ante un auditorio muy nutrido de economistas, periodistas y empresarios, convocado por FIEL, los cinco puntos esenciales del proyecto de reforma, el foco en defender el valor de la moneda, la prohibición de financiar al Tesoro, etc., y las lecciones tomadas de la experiencia internacional y local.
Luis Caputo y Federico Sturzenegger se explayaron sobre la ganancia de confianza que puede esperarse de una regla que sea difícil de ignorar y más todavía de eliminar en el futuro; y los legisladores oficialistas que empezaron a tratar el proyecto en comisión llevaron ventaja frente a sus adversarios del kirchnerismo, que solo atinaron a retirarse del debate.
Tras meses de zozobra o inactividad en un Congreso del que a principios de año el oficialismo esperaba mucho más, con la focalización en este tema él se abrió la oportunidad para tomarse revancha, y mostrar que conserva la iniciativa, que sus aliados no lo han abandonado (por más que se le hayan retobado en otros temas más conflictivos), y que la oposición dura no tiene consenso.
Pero, como suele suceder, cuando parecía que iba a poder superar el clima de desánimo en que había venido enterrándose, el propio gobierno se ocupó de volver a echarse tierra encima.
Hace días que el tema del Banco Central, en vez de crecer en la atención pública, tendió a desinflarse y volverse cada vez menos relevante.
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