La sequía en Guatemala destruye cultivos y empuja a los campesinos a la supervivencia
Agustín Ortiz y Alex Cruz El Jícaro (Guatemala), 16 sep (EFE).- La sequía golpea con fuerza el este de Guatemala, donde la falta prolongada de lluvias arrasó por completo con las 3,5 hectáreas de maní de Felícito Marroquín, un agricultor de 72 años de una aldea situada a algo más de un centenar de kilómetros de la capital y quien hoy lucha por sobrevivir.
De pie sobre su parcela en el municipio de El Jícaro, en el departamento (provincia) de El Progreso, Marroquín se agacha para tocar el suelo agrietado donde las plantas yacen marchitas antes de dar fruto.
"De la venta de la manía (maní) compramos el maíz y el frijol que comemos.
La milpa se seca rápido y la manía (maní) le hace más 'gancho' (oposición) a la sequía, pero este año no sacamos nada", relata Marroquín a EFE tras perder más de 15.000 quetzales (unos 1.930 dólares) que invirtió en la siembra.
La crisis que golpea a la aldea incrustada en el Corredor Seco centroamericano —una franja árida que habitan más de diez millones de personas en la región y atraviesa varios departamentos guatemaltecos— refleja la vulnerabilidad de miles de familias rurales golpeadas por los efectos del clima.
Es el mismo caso en otra comunidad cercana, específicamente la aldea Las Ovejas, donde el ambiente es igual de desolador.
Bajo el techo de paja de su casa, sin paredes y sobre piso de tierra, Jesús Rodríguez se sienta en un gastado sillón para sostener en sus manos tostadas unas pequeñas mazorcas, raquíticas y sin grano.
A su lado, Delfa Esperanza Carías observa el campo baldío con resignación mientras lamenta que la escasez de lluvia haya terminado con el esfuerzo de meses en los huertos comunitarios y de subsistencia de la zona.
"Aquí el agua de los pozos bajó a niveles que nunca habíamos visto.
Las plantas se secaron antes de dar fruto y las familias ya no tienen qué comer ni qué vender en el mercado local", afirma Carías a EFE.
Las condiciones de vida en las comunidades de El Jícaro empeoran debido a la falta de vías de acceso, ya que para llegar a las comunidades hay que atravesar cauces de ríos completamente secos y caminos de piedra donde solo es posible transitar a caballo o en vehículos de doble tracción.
Sin cosechas y sin agua en los pozos, ni en los agujeros artesanales recubiertos con plástico negro donde intentan recolectar la poca lluvia residual, a los habitantes de estas aldeas solo les queda como salida de emergencia emplearse por días bajo el sol sofocante en las fincas productoras de melón.
"Ahí van a trabajar muchos vecinos para sacar para el diario, aunque no es lo mismo que trabajar en lo propio", se lamenta Marroquín.
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