La batalla ya no es por la verdad, sino por la agenda
Durante mucho tiempo pensamos la desinformación como una disputa entre la verdad y la mentira.
Bajo esa mirada, el desafío consistía en detectar una falsedad, contrastarla con información verificable y restablecer los hechos.
Sin embargo, esa explicación ya resulta insuficiente para comprender la conversación pública actual.
El verdadero poder de la desinformación no está únicamente en lograr que creamos una mentira.
Está, sobre todo, en conseguir que discutamos sobre ella.
Cuando una acusación sin pruebas o un contenido manipulado logra instalarse en las redes sociales, ingresar en los medios y provocar la reacción de dirigentes, periodistas y ciudadanos, ya produjo un efecto político.
Incluso si después es desmentido, consiguió determinar de qué hablamos y desplazar otros temas de la agenda.
En comunicación sabemos que la atención es un recurso limitado.
Una sociedad no puede debatir simultáneamente todos sus problemas.
La agenda pública siempre es el resultado de una selección: algunos temas ingresan, otros quedan relegados y muchos desaparecen del campo de visión colectivo.
Por eso, la pregunta central ya no es solamente quién tiene razón, sino quién consigue definir aquello sobre lo que los demás deberán pronunciarse.
La desinformación contemporánea no siempre necesita construir una mentira convincente.
Le alcanza con introducir una sospecha, generar incertidumbre o producir una controversia capaz de capturar la conversación.
Su eficacia no depende únicamente de la credibilidad del mensaje, sino de su capacidad para provocar respuestas.
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