Rachmaninov y su originalidad “5+”
Se dirigió al piano, saludó al tribunal y con gesto titubeante se sentó al borde de la banqueta.
Comenzó a tocar.
Era la música propia del joven Serguei, todavía un estudiante de composición en el Conservatorio de Moscú en su examen final.
El inicio como siempre resultaba tedioso.
Sudor, temblores y las manos frías hasta que la música se apoderaba del momento.
Pero tocaba con el corazón y la sola idea de revivir en la melodía las llanuras verdes y los bosques de su infancia, lo abstraía de las miradas severas.
Uno de los profesores se levantó apenas la ejecución se dio por terminada.
Tomó la papeleta y escribió el número 5 (la nota más alta posible) y un signo + (más).
Algo que nunca había sucedido en la historia de la institución rusa.
“¡Esto no fue un examen, señores! —sentenció el profesor, de pie, argumentando con autoridad ante el resto del tribunal que no existía número que hiciera justicia a la originalidad de ese joven cuya interpretación tanto lo había impresionado—. ¡Esto fue un concierto!”.
El jurado era Tchaikovsky.
Y el prodigio, Serguei Rachmaninov.
Con ese triunfo comenzó su carrera.
Al día siguiente, en las escuelas y los teatros de Moscú, ambos nombres comenzaron a pronunciarse unidos: el de Tchaikovsky reverenciado como un prócer nacional junto al del joven músico, treinta años menor, señalado como el sucesor, el continuador de un tipo de música basada en la tradición de Occidente.
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