Autodeterminación en las Malvinas: de Tobago a Maquinchao
Es probable que Edward Law , conocido como Lord Ellenborough , sonriese al leer este editorial y comentase con humor británico: “¡Touché!”.
Pues quien fuera primer magistrado judicial de Inglaterra y Gales , al sentenciar en el célebre caso “Buchanan vs.
Rucker” (1808), inmortalizó una frase, de puro sentido común, cuando negó que un tribunal de una pequeña isla del Imperio Británico ( Tobago ) pudiese dictar una sentencia ejecutable ante los tribunales ingleses, condenando a un no residente notificado con una cédula clavada en la puerta del juzgado insular.
“¿Pretende la isla de Tobago gobernar el mundo?” , se preguntó, mientras le negaba ese derecho, por más que los habitantes de la isla hubiesen “autodeterminado” su jurisdicción en el caso.
Si bien no se trata de un precedente de derecho internacional, el razonamiento que se infiere de su sentencia bien puede aplicarse a nuestro reclamo soberano sobre las islas Malvinas .
En tiempos remotos, el argumento de la autodeterminación de los isleños no tenía las implicancias que tiene ahora.
Con solo 3500 habitantes, mediante su consenso se pretende afectar nuestros derechos sobre la plataforma continental, incluyendo la pesca y los yacimientos de hidrocarburos, el control sobre rutas marítimas interoceánicas alternativas al Canal de Panamá (Estrecho de Magallanes, Canal de Beagle y Pasaje Drake), el acceso al Océano Austral y la proyección antártica en el contexto de una posible revisión del Tratado de Madrid en 2048 (que prohíbe la minería).
Lord Ellenborough, un poco incómodo y mesándose su peluca, se preguntaría: “¿Pretenden 3500 malvinenses imponer sus decisiones al mundo?” .
Ese interrogante pone a la luz, de forma clara y sencilla, lo descabellado que resulta invocar la autodeterminación en el caso, pues es manifiesto que el Reino Unido utiliza a un pequeño grupo poblacional como una gran “palanca” apoyada sobre el pivote de sus voces para intentar alcanzar objetivos económicos y geopolíticos mayúsculos, completamente ajenos a la raíz humanitaria de su fundamento.
Pensemos que el estadio Islas Malvinas de All Boys puede albergar 21.000 espectadores y toda la población de las islas entraría con holgura en el minúsculo Guillermo Laza de Deportivo Riestra en el Bajo Flores o en el club de básquet Atenas de Córdoba , de la ciudad mediterránea.
El Norman Lee de la Asociación Deportiva de Berazategui es tres veces mayor y ni qué hablar del Monumental , con capacidad para 85.000 hinchas y donde los malvinenses, si asistiesen, serían una minoría a buscar con lupa.
Tomando como ejemplo pueblos argentinos, aquellas serían comparables, en cuanto al número de habitantes, a Cacharí ( Buenos Aires ), Rancul ( La Pampa ).
Itá Ibaté ( Corrientes ) o Maquinchao ( Río Negro ).
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