Milei, entre la revolución y la política
La Libertad Avanza tiene un ADN transformador, de hacer borrón y cuenta nueva, un punto y aparte como expresó en su campaña, ir contra lo hecho porque no dio los resultados deseados.
Digamos que llegó para cambiar, romper estructuras, desafiar consensos y modificar reglas que considera equivocadas.
Milei no construyó su liderazgo prometiendo administrar mejor lo existente, lo hizo prometiendo romper.
Ese espíritu explica buena parte de su potencia política.
Pero gobernar y, sobre todo, ganar elecciones exige otra lógica.
Hacer política.
Eso implica articular, negociar, construir mayorías, escuchar aliados y elegir los momentos.
También armar territorialmente, conseguir candidatos y negociar con gobernadores; además cuidar posibles socios e interpretar a la sociedad.
Pero fundamentalmente, evitar conflictos que no son necesarios.
Ahí aparece la tensión.
Por un lado está el espíritu libertario, que empuja a avanzar porque considera que determinadas transformaciones deben hacerse.
Que los votaron para eso.
Y, por el otro está la estrategia electoral, que obliga a preguntarse algo diferente: ¿conviene hacerlo ahora?, ¿es prioritario?, ¿tenemos los votos?, ¿podemos explicarlo?, ¿qué costo tiene?, ¿qué ganamos políticamente? La discusión por la Ley de Tierras fue probablemente uno de los mejores ejemplos.
El Gobierno avanzó con una iniciativa que podía responder a su concepción ideológica, pero lo hizo de manera políticamente torpe: fuera de contexto, lejos de las preocupaciones ciudadanas, sin timing, sin una estrategia argumental clara y sin voceros capaces de defenderla.
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