Serrat, la primavera y los buenos augurios
Definitivamente, soy team verano.
Aún en las peores temperaturas, si hay que sufrir, prefiero el calor y no las heladas que nos acosaban hasta no hace mucho.
Por eso ante los primeros indicios de la llegada de la primavera (aunque técnicamente solo sucedió ayer) me volvió el alma al cuerpo.
Hubo hace unos días una razón mucho más poderosa, de la que ya les contaré.
El regreso del canto de los zorzales en nuestras caminatas matutinas me hizo pensar, en un segundo, en que la temperatura ya no era hiriente y pronto sería tiempo de dejar atrás los abrigos, tan incómodos.
En esas ensoñaciones estaba cuando volvió a mi mente y a mi corazón el recuerdo de Joan Manuel Serrat .
No de sus clásicos.
Ya verán.
Tal vez Bienaventurados (1987) sea uno de los discos menos escuchados del catalán, al menos en la Argentina.
Es raro, tratándose de un creador tan identificado con nuestro país y por tantas generaciones, y que incluso vivió entre nosotros un tiempo corto en los años previos a la caída de Francisco Franco en España.
La causa de este “olvido” podría tener que ver con el éxito masivo de su disco anterior, Cada loco con su tema (1983), cuya presentación en el país ese mismo año marcó el regreso del hijo pródigo, con una larga serie de conciertos atravesados por la euforia política del momento .
Después llegaría El Sur también existe (1985), en sociedad con el poeta uruguayo Mario Benedetti, entonces la identificación era por partida doble.
Sin embargo, como pasa siempre con el Nano, uno puede redescubrir en ese disco canciones maravillosas y entrañables .
“Llegar a viejo” es una de ellas, y es tal vez el más bello alegato por los derechos de la ancianidad.
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