El célebre vals criollo que Édith Piaf convirtió en un himno francés: una visita a Buenos Aires y una melodía que engañó al mundo
Cada 10 de octubre, la memoria cultural de Occidente se detiene a recordar el fallecimiento de una de las figuras más trágicas, sublimes y definitivas de la música del siglo XX: Édith Piaf.
Aquel 10 de octubre de 1963, en Plascassier, cerca de Grasse, en el sur de Francia, se apagaba la voz del “Gorrión de París” ( La Môme Piaf ).
Tenía apenas 47 años, pero sobre su cuerpo menudo pesaba la marca desgarradora de una existencia llevada al límite por los excesos, las pérdidas afectivas, los accidentes y las enfermedades .
Su funeral en París fue una verdadera manifestación popular.
Más de cuarenta mil personas acompañaron en un silencio estremecedor el paso del cortejo fúnebre hasta el histórico cementerio de Père Lachaise, donde hoy reposan sus restos rodeados permanentemente de flores frescas e inscripciones en todos los idiomas.
Aquella misma jornada de octubre se tiñó con un matiz aún más trágico al conocerse que el poeta y cineasta Jean Cocteau, su íntimo amigo y confidente, había sufrido un infarto masivo al enterarse del deceso de la cantante , falleciendo apenas horas después de pronunciar sus últimas palabras públicas dedicadas a ella: “Es el barco que se acaba de hundir”.
Para quien escribe estas líneas, el recuerdo de Piaf trasciende el mero análisis periodístico e historiográfico.
Existe una razón personal y profundamente entrañable que me liga a su memoria.
En el año 1954, mi madre debió viajar a París por motivos laborales.
En los avatares de sus actividades profesionales en la capital francesa, tuvo la oportunidad de conocer personalmente a Édith Piaf.
Lo que inició como un encuentro circunstancial derivó en un trato amigable y cálido, en una época en la que la cantante abría las puertas de su entorno con notable franqueza a quienes apreciaba.
En mi hogar, durante mi infancia y juventud, el relato de aquellas tardes parisinas, de la calidez humana del Gorrión tras bambalinas y de las vivencias compartidas en esa Francia de posguerra formaron parte del bagaje familiar cotidiano.
Mi madre me relataba con lujo de detalles la personalidad de esa mujer menuda pero volcánica, cuya voz parecía brotar del centro de la tierra.
Por eso, con el correr de las décadas, cada aniversario de su partida no representa únicamente una cita con la historia de la cultura universal, sino también un emotivo tributo a las narraciones que moldearon mi fascinación por la historia y por la gran canción francesa .
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