La vuelta de un clásico, escrito por un pionero argentino en la Antártida
Desde mi más tierna infancia había tenido oportunidad de estar ligado a la vida del sur y del antártico.
No eran para mí un secreto los pocos difundidos relatos de las expediciones polares.
Había leído algunos libros relacionados con el inolvidable salvamento de la expedición de Nordenskjöld, realizado por la corbeta Uruguay en 1903, y tenía amplios conocimientos de los resultados de las expediciones del malogrado capitán Scott y de los exploradores Amundsen, Charcot, Powell, Bruce, etc.
Siempre había abrigado la esperanza de conocer aquellas apartadas regiones de leyenda, esperanza que había hecho mella en mi imaginación cuando, a los doce años, tuve oportunidad de conocer y vivir en el extremo del continente sudamericano, en Tierra del Fuego.
En 1919 me encontraba accidentalmente en el Puerto Militar (actualmente Puerto Belgrano), y allí tuve oportunidad de ver la corbeta Uruguay, que llegaba de regreso de uno de sus anuales viajes a las islas Orcadas, y la vista de ese veterano buque renovó en mi mente la idea de un viaje al sur, y me hice allí firme propósito de dedicarme por entero a conseguirlo.
Cuando regresé a Buenos Aires, pude ingresar en la oficina meteorológica argentina, que entonces dirigía Jorge O.
Wiggin, quien tomó con mucho escepticismo mi solicitud de ser incluido en una expedición a las Orcadas.
Trabajo me costó convencerlo de que accediera a mi deseo, pero no inútilmente había esperado cerca de cuatro años, en los que adquirí la experiencia suficiente como observador meteorológico.
Finalmente, en las postrimerías de 1922, fui notificado de mi inclusión en la expedición que dirigía en 1923 Hugo Valentiner, jefe veterano, y que por cuarta vez iría a las Orcadas acompañado por Ernesto Bruhns, alemán, como segundo jefe, Roberto Plagge, de la misma nacionalidad que el anterior, y el cocinero Otto Zeiger, también alemán.
Los tres primeros pertenecían al observatorio de La Quiaca, y a ninguno de estos conocía, y mi entusiasmo era tal que no me amilanaba el hecho de que tuviera que vivir un largo año entre hombres que hablaban un idioma desconocido.
Solo pocos días antes de la fecha fijada para la partida pude conocer a mis compañeros, pero el detalle de que el jefe fuera un veterano con tres expediciones en su haber, aumentaba la confianza que yo mismo me tenía.
Constituida la expedición en esa forma, un día nos efectuaron un minucioso reconocimiento médico.
Ninguno de nosotros se encontraba inhabilitado para afrontar los rigores del Antártico.
Buen corazón, sanos pulmones y ni el más remoto vestigio de afecciones incurables, con tribuyeron a aumentar el optimismo de todos.
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