Milei volvió a tensar la relación con Brasil al cuestionar su “gramática” bilateral
Existe una gramática tácita que rige la relación bilateral entre Brasil y Argentina desde principios del siglo XX: la convicción, cultivada por sucesivas generaciones de diplomáticos, de que la seguridad y la prosperidad son inseparables de las del otro.
No se trata de un simple sentimentalismo regional, sino de un cálculo estratégico perfeccionado a lo largo de más de cien años.
Las últimas acciones del Gobierno de Javier Milei han ignorado, en la práctica, ese legado.
La gramática se tradujo en una estrategia diplomática poco común: concebida no para eliminar la competitividad, sino para gestionarla sin que se convierta en una ruptura —lo que la hace, precisamente por eso, más sofisticada que cualquier discurso de amistad automática entre naciones.
La doctrina nació en un clima de tensión, no de ingenua armonía.
Entre 1907 y 1910, el Barón de Río Branco y el canciller argentino Estanislao Zeballos protagonizaron una carrera naval que situó a los acorazados Minas Gerais y Rivadavia en una disputa simbólica por el poder.
Rio Branco, artífice de la política exterior de Brasil, comprendió que la rivalidad armamentística , si no se contenía mediante un diálogo permanente, socavaría décadas de fronteras pacificadas.
De ahí surgió el principio fundamental que Itamaraty nunca ha abandonado: la seguridad argentina forma parte, de manera indisociable, de la propia seguridad nacional brasileña.
Este entendimiento ha atravesado uniformes, gabinetes económicos y ministerios de Asuntos Exteriores sin romperse jamás.
En 1982, durante la Guerra de las Malvinas , el Gobierno de Figueiredo se decantó claramente por el bando argentino, aunque bajo el manto formal de la neutralidad.
En el ámbito diplomático, el ministro de Asuntos Exteriores Saraiva Guerreiro defendió la causa argentina en los foros internacionales, incluido el Consejo de Seguridad de la ONU, en consonancia con el reconocimiento histórico de la soberanía argentina sobre el archipiélago —una postura que Itamaraty mantiene desde 1833—.
Pero el dato más contundente es de carácter operativo: Brasil cedió el aeropuerto de Recife como escala para los vuelos que transportaban, desde la Libia de Gadafi hasta Buenos Aires, misiles y minas de fabricación soviética destinados al esfuerzo bélico argentino.
La estructura de las relaciones bilaterales entre ambos países adquirió un carácter institucional en la segunda mitad de la década de 1980.
Sarney y Alfonsín inauguraron, con el Acta de Iguazú y el Programa de Integración , el proceso que desembocaría en el Tratado de Asunción de 1991 y en la fundación del Mercosur —un bloque que, guste o no la retórica liberal contemporánea, sustenta de manera desproporcionada la industria argentina y gran parte de su economía.
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