La psicología dice que las personas que nunca piden ayuda a su familia no son orgullosas; hace décadas comprendieron que, durante su infancia, necesitar algo era lo mismo que perder, y prefieren hacerlo solos antes que volver a ser derrotados
“Yo me arreglo”. Para algunas personas, llamar a un familiar cuando tienen un problema es prácticamente el último recurso. Prefieren resolver una mudanza, atravesar una dificultad económica o enfrentarse a un contratiempo sin involucrar a nadie, incluso cuando aceptar una mano simplificaría considerablemente la situación.
Detrás de esa conducta pueden existir razones muy diferentes. Las investigaciones sobre búsqueda de ayuda, relaciones y apego muestran que pedir apoyo puede hacernos sentir vulnerables y que frecuentemente calculamos mal cómo reaccionarán los demás. Sin embargo, negarse a pedir ayuda no permite reconstruir automáticamente la infancia ni la personalidad de una persona.
Solicitar ayuda implica reconocer ante otra persona que existe algo que no podemos o no queremos resolver solos. Eso puede entrar en conflicto con la necesidad de sentirnos autónomos y competentes. También aparecen otras preocupaciones: recibir un rechazo, quedar en deuda, parecer incapaz o convertirse en una carga para familiares y amigos.
Solicitar ayuda implica reconocer ante otra persona que existe algo que no podemos o no queremos resolver solos. La psicóloga social Vanessa Bohns, de Cornell University, lleva años investigando una dificultad adicional: las personas no somos especialmente buenas calculando cómo reaccionarán los demás cuando les pedimos algo.
En uno de sus trabajos, Bohns y sus colegas pidieron a participantes que solicitaran pequeños favores a desconocidos. Antes debían calcular cuántas personas tendrían que abordar hasta conseguir determinada cantidad de respuestas afirmativas.
Los resultados mostraron una diferencia importante: los participantes subestimaron aproximadamente a la mitad sus probabilidades de recibir ayuda.
Los resultados mostraron una diferencia importante: los participantes subestimaron aproximadamente a la mitad sus probabilidades de recibir ayuda. Quien necesita algo suele concentrarse en la incomodidad de pedir y en la posibilidad de escuchar un “no”. Pero puede pasar por alto otro elemento: para quien recibe la solicitud, rechazarla también puede resultar incómodo.
Xuan Zhao y Nicholas Epley, investigadores de Stanford University y University of Chicago, profundizaron sobre esa diferencia mediante seis experimentos con más de 2.000 participantes.
Sus resultados mostraron que quienes necesitaban asistencia tendían a subestimar cuánto estaban dispuestas otras personas a ayudarlos. También sobreestimaban las molestias que podía generar su pedido y subestimaban cuánto podía valorar el otro la posibilidad de colaborar.
Una paradoja inesperada: qué dice la psicología. En otras palabras, el pensamiento “no quiero molestar” no siempre describe correctamente lo que siente la persona a la que podríamos recurrir.
La autosuficiencia no es necesariamente un problema. Poder enfrentar dificultades sin depender permanentemente de los demás constituye una capacidad útil.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.clarin.com — el contenido pertenece a Clarín.