La película china más bella del año: un retrato rural de una sensibilidad arrolladora
El director chino Huo Meng acaba de estrenar en nuestro país la bellísima película Vivir la tierra , un retrato de la China rural de 1991 en el que la industrialización, la emigración interior y la vida campesina se cruzan a través de un niño dejado atrás por sus padres.
En él, Meng proyecta sus propios recuerdos de infancia en la provincia de Henan y examina cómo el progreso altera una comunidad agrícola sin abandonar una mirada íntima sobre quienes lo padecen.
La historia sigue durante un año a Chuang, un niño de 10 años al que su familia deja en la aldea mientras sus padres se marchan a Shenzhen en busca de trabajo y se llevan consigo a sus hermanos mayores.
Así, el tercer hijo de la familia queda al cuidado de sus parientes en un momento de transformación socioeconómica que empieza a deshacer el mundo rural.
La rutina de la vida en el campo al detalle La película se aparta de otras narraciones sobre la modernización china centradas en grandes infraestructuras o en la descomposición urbana.
Aquí el foco está en el detalle cotidiano : arar, sembrar y recoger la cosecha a mano y con animales, en un entorno donde los tractores aparecen casi como una promesa lejana.
Ese trabajo sostiene la estructura del relato, interrumpido por ritos, muertes y celebraciones.
En esos momentos, se aprecia la puesta en escena de Huo Meng y el movimiento de cámara con mayor claridad, mientras la rutina del campo marca el paso del tiempo.
La película está ambientada en una aldea de Henan al comienzo de los años noventa , cuando los avances tecnológicos y económicos empiezan a llegar a una economía agraria de larga duración.
Ese cambio se percibe como un proceso aún incipiente: la vida no se ha vuelto más fácil y las prácticas agrícolas siguen siendo duras, pero el futuro ya presiona sobre varias generaciones de una misma familia.
El niño protagonista vive esa fractura desde una posición de desarraigo.
Chuang pasa por distintos hogares de parientes y nunca termina de sentirse plenamente aceptado, una sensación que se refuerza incluso por su apellido, distinto al de quienes lo acogen, y por la dureza con la que los adultos le recuerdan que aquel lugar no le pertenece del todo.
La muerte ocupa también un lugar central.
El niño presencia varios entierros a lo largo del año, con sus rituales y lamentos, hasta el punto de que la ansiedad ante la mortalidad se filtra en sus sueños.
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