Entre recortes, exámenes y rankings, la ciencia queda reducida a la competencia y el espectáculo
La advertencia que lanza Bernard Lahire en su último libro no apunta a un enemigo difuso: apunta a décadas de políticas educativas y científicas que, según su diagnóstico, dejaron al sistema del conocimiento en un “campo de ruinas”.
El sociólogo francés describe con precisión clínica las derivas acumuladas: una universidad que recortó el tiempo de aprendizaje y la autonomía de pensamiento de los estudiantes en nombre de la inserción laboral rápida, instituciones académicas que despojaron a los investigadores del tiempo necesario para la creación verdadera, y una competencia generalizada entre pares que erosionó la cooperación, la ayuda mutua y la libre circulación de ideas.
Todo eso, denuncia, fue obra de “tecnócratas de la reforma” que operaron a toda velocidad y sin ningún conocimiento real de cómo funciona la producción científica.
El libro Conocer o perecer y ahora, en español, lo publica Siglo XXI .
La elección del título no es retórica: para Lahire, el saber es literalmente condición de supervivencia colectiva.
El diagnóstico material es el punto de partida: los bajos recursos asignados al sistema educativo y a los organismos de investigación “constituyen frenos objetivos al aprendizaje y al avance de los conocimientos”, afirma Lahire.
El argumento, con todo, va más lejos que la queja presupuestaria.
Lahire desmonta la lógica que produjo esa austeridad: la creencia de que la rentabilidad de corto plazo y la competitividad son criterios válidos para organizar la producción de conocimiento.
Cuando esa lógica se impone, sostiene, los recursos caen y arrastra consigo la calidad del pensamiento que el sistema es capaz de generar.
Frente a ese panorama, Lahire propone recuperar lo que llama el “don de asombro”: la disposición a hacer las preguntas más ingenuas, a buscarles respuesta sin importar si el resultado tiene aplicación inmediata, a explorar sin la presión del rendimiento.
Esa disposición, escribe, está presente en todos los niños y es exactamente la que el sistema destruye de manera sistemática al subordinarlo todo a exámenes, concursos, notas y clasificaciones.
El pasaje en que el autor describe esa pérdida es de los más duros del libro: lo que queda cuando el asombro desaparece no es ciencia sino, en palabras del matemático Alexandre Grothendieck que Lahire recupera, “ una matemática deportiva ” volcada a la performance y al espectáculo de la competencia.
La referencia a Grothendieck no es casual.
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