El arte romano de enterrar el rayo: del miedo infantil a las tormentas a un hallazgo arqueológico en la villa de Adriano
En las noches de tormenta de mi infancia, con un declarado miedo a los truenos, me quedaba inmóvil en la cama viendo los relámpagos que iluminaban el cielo y la manera en la que mi cuarto se encendía repentinamente, como si alguien hubiese apretado por un segundo la tecla de la luz.
Sabía dos cosas: que los rayos y relámpagos siempre precedían al trueno y que la distancia a la que se encontraba la tormenta podía calcularse.
Aunque sucediesen exactamente en el mismo instante, por la diferencia entre las velocidades a las que viajan la luz y el sonido, veía el destello antes de escuchar el estruendo.
El sonido viaja a unos 343 metros por segundo, mientras que la luz lo hace a casi 300.000 kilómetros por segundo.
Desde mi cama tenía que contar los segundos que pasaban entre el relámpago y el trueno y dividir ese número por tres: ahí sabría a cuántos kilómetros estaba la tormenta.
Pero entre el pavor que me provocaba el estruendo y mi inhabilidad natural para cualquier cálculo matemático, solo atinaba a taparme ojos y orejas, esperando que pasara o que, con suerte, me ganase el sueño.
Las personas que cambian de opinión en público no es por falta de carácter; esta es la razón Me gustaban, sin embargo, esos datos que son mitad ciencia y mitad creencia popular nacida de la observación.
Alguna vez alguien me había contado algo acerca de las gotas de lluvia que forman burbujas cuando caen sobre los charcos.
Así de impreciso era el recuerdo. ¿Anunciaban la duración del aguacero? ¿La intensidad del chaparrón? Incapaz de resistirme a esos retazos de memoria infantil, me obligué a rastrear la explicación física y encontré que “el impacto frecuente de gotas grandes crea las condiciones ideales para que se formen coronas de agua, se eleven y se cierren formando cúpulas de aire”; pero poco y nada hay documentado sobre su valor como presagio meteorológico.
Hace apenas unos días, en las ruinas monumentales de Villa Adriana —la residencia de descanso del emperador Adriano en las afueras de Roma —, los arqueólogos desenterraron un secreto que llevaba casi dos mil años sepultado.
En un pequeño recinto cuadrangular, todavía en su posición original, hallaron una placa de mármol de apenas 40 por 35 centímetros con dos palabras grabadas: FVLGVR SVBMANIVM.
El fulgur (rayo) de Summano, la divinidad a la que los romanos atribuían los rayos nocturnos, mientras que los diurnos correspondían al dominio de Júpiter.
Para los romanos, un rayo no terminaba cuando se extinguía la luz.
Si tocaba tierra, dejaba una herida sagrada que debía ser atendida, interpretada y, en cierto modo, sepultada, porque ese pedazo de mundo había sido rozado por los dioses.
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