Matt Johnson, escritor: “Debemos resistirnos a hablar con la IA, porque una conversación real exige paciencia y riesgo”
Mucho antes de que existieran los chatbots , la televisión ya había descubierto algo particular sobre la naturaleza humana.
En la década de 1950, el ingeniero de sonido Charley Douglass desarrolló una máquina capaz de insertar risas pregrabadas en los programas para que quienes miraban desde sus casas sintieran que estaban acompañados por un público.
La famosa pista de risas funcionaba porque reproducía una señal social.
Aunque una persona estuviera completamente sola frente al televisor, escuchar a otros reír podía aumentar las probabilidades de que hiciera lo mismo .
Para el escritor Matt Johnson, aquella vieja tecnología ofrece una metáfora útil para pensar el fenómeno actual de la inteligencia artificial .
Los chatbots son infinitamente más sofisticados, pero también son capaces de reproducir señales que nuestro cerebro interpreta fácilmente como sociales.
Responden utilizando la primera persona, preguntan cómo pueden ayudar, emplean un lenguaje cálido y pueden recordar determinados datos o preferencias .
Algunas interfaces incluso utilizan voces humanas y pequeños retrasos que hacen que la interacción se parezca todavía más a un diálogo cotidiano.
Al hablar con un chatbot, la experiencia está diseñada para responder a las necesidades del usuario. (Foto: Adobe Stock) El problema, sostiene Johnson, aparece cuando esa semejanza empieza a borrar una diferencia fundamental.
Una conversación humana involucra a dos personas que poseen necesidades, opiniones, experiencias y objetivos propios.
Ninguna controla completamente la respuesta de la otra.
Con una IA, en cambio, la experiencia está diseñada para responder a las necesidades del usuario .
Puede cuestionarlo o contradecirlo en determinadas situaciones, pero no tiene una vida propia que pueda ser modificada emocionalmente por esa interacción.
La especialista en tecnología Nathalie Nahai advierte que incluso comprender racionalmente cómo funcionan estos sistemas no nos vuelve inmunes a la sensación de cercanía.
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