Las historias de las vírgenes juradas de los Balcanes: las mujeres que viven como hombres para conservar las tierras familiares
Gjystina Grishaj tenía 23 años cuando juró ante los ancianos de su aldea que viviría el resto de su vida como hombre.
Su padre acababa de morir.
Su madre tenía seis hijos y ningún ingreso.
En Lëpushë, un valle encajado entre montañas en la región de Malësi e Madhe , en el norte de Albania , una familia sin varón adulto era una familia sin tierra, sin voz en los consejos comunales y sin nadie que pudiera negociar, trabajar el campo o portar un rifle.
“Albania era un mundo de hombres - dijo Gjystina en una entrevistas con la BBC-.
La única forma de sobrevivir era convertirse en uno”.
Gjystina se convirtió en una burnesha (del albanés burrë , hombre), lo que en Occidente se traduce como “virgen jurada” .
Se trata de una transformación social y legal, reconocida por toda la comunidad, que dura el resto de la vida.
El juramento se presta ante 12 ancianos de la aldea, a menudo en la iglesia o en una reunión de clan.
La mujer jura castidad perpetua.
A partir de ese momento, recibe un nombre masculino, se corta el pelo, viste ropa de hombre, hereda tierras, fuma, bebe raki con los hombres, se sienta con ellos en bodas y funerales, asiste a los consejos donde se deciden los asuntos de la comunidad y es servida primero en la mesa.
Los parientes más jóvenes le besan la mano al entrar a la habitación.
El voto se consideraba irrevocable.
Bajo las lecturas más estrictas del código que regía estas comunidades, romperlo podía castigarse con la muerte.
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