La comunidad trans lucha por la dignidad de Daniela, una joven de 21 años enterrada con nombre masculino después de suicidarse
Daniela tenía 21 años cuando decidió quitarse la vida.
La joven había enfrentado grandes dificultades desde que confesó, en el seno de una familia católica y conservadora, que era una mujer transgénero.
Antes de su suicidio , había conseguido cambiar su nombre en el Registro Civil y ser reconocida oficialmente como mujer, pero sus padres decidieron enterrarla en el panteón familiar con su necrónimo, también conocido como deadname (nombre que una persona trans recibió al nacer y que no se corresponde con su identidad de género), y fotografías suyas previas a su transición.
Un juzgado de Alicante analiza ahora si estos hechos suponen un delito de odio post mortem .
El abogado Saúl Castro es quien lleva el caso, de la mano de las asociaciones Euforia Familias Trans-Aliadas y No Es Terapia, contra las mal llamadas terapias de conversión .
“Nosotros lo que decimos es que se ha cercenado absolutamente el derecho a la memoria de Daniela, porque de facto se ha borrado su existencia y el nombre que ella misma se dio en vida”, defiende el letrado.
Fue una amiga cercana, Alana, quien les hizo llegar la historia de Daniela.
Las dos jóvenes habían compartido piso en Madrid en el último año y recuerda a la fallecida como “una persona pasional, una mujer trans visible, preciosa y con mucho carácter”.
“ Mi lucha nunca fue contra la familia de Kendall”, dice, utilizando el mote por el que la conocía su círculo más cercano.
“Queríamos que se diera honor a quien había sido ella y a la vida por la que había luchado tanto”, añade.
Años de lucha por su identidad de género Daniela (o Kendall) salió del armario en el año 2011, primero como un hombre homosexual y, posteriormente, reconociéndose como una mujer trans.
Sus padres, de convicción católica, le expresaron su profunda decepción y decidieron internarla en un centro psiquiátrico para que recuperase los valores cristianos con los que había sido criada.
Cuando comenzó a plantearse que podía ser una mujer, la familia la sometió a una “terapia de conversión” en el Convento de las Carmelitas Descalzas de San José de Ruiloba, en Cantabria, “donde le sometieron a prácticas absolutamente vejatorias para convencerle de que ella era un hombre heterosexual”, relata Castro.
El maltrato y la violencia sufridos en esos años le provocaron una crisis psiquiátrica, por la que fue ingresada en un hospital en 2016.
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