Las demandas emergentes de la sociedad contradicen la narrativa libertaria
A menudo, los gobiernos pretenden que los votantes reconozcan logros que son sin duda relevantes, pero que corresponden a demandas que perdieron importancia relativa, al menos en parte por el éxito que aquellos han demostrado en resolverlas.
Y puede que eso ocurra al menos parcialmente y que un porcentaje los premie con el voto.
Sin embargo, a menudo las nuevas demandas emergentes no solo desplazan a las, hasta no hace mucho, dominantes sino que además, ante la ausencia de un monitoreo permanente por parte de las autoridades para identificarlas a tiempo y, sobre todo, de flexibilidad para ofrecer algún tipo de respuesta que implique advertir las nuevas prioridades que dominan la agenda ciudadana, terminan generando costos políticos significativos.
Más: la renuencia de los gobiernos a registrar esa evolución en las preferencias de la sociedad, reconocer su validez y de ese modo legitimarlas puede derivar en una ruptura o un distanciamiento en los vínculos de representatividad, generando desconfianza, decepción y una búsqueda de alternativas en términos electorales, o bien un fenómeno de desafección política.
En este terreno, la oferta política (ideas, propuestas, discursos, liderazgos y candidaturas) no siempre se reinventa en función de las demandas de la sociedad, aunque esto pueda parecer ilógico y hasta autodestructivo.
Es más: puede que las sociedades valoren algunos de los logros, pero rechacen sus costos y consecuencias.
No logran visualizar o prefieren ignorar que estarían mucho peor si nada hubiera cambiado.
Algunos políticos consideran en privado (y hasta deslizan su frustración en público) que los votantes son muy ingratos: no reconocen el esfuerzo que ellos hacen por satisfacer sus reclamos, ignoran las restricciones que enfrentan (presupuestarias, legales, también políticas y personales) generalmente asociadas a la gestión pública, y tienden a dejarse persuadir por la crítica fácil de los medios o de la oposición que, para colmo, suele ofrecer alternativas tal vez seductoras o efectivas desde el punto de vista comunicacional, aunque sean luego difíciles o imposibles de implementar.
Fingen demencia o prefieren olvidar que ellos mismos en alguna oportunidad han hecho exactamente lo mismo que ahora critican.
Conscientes o no, replican aquella máxima de la política que reza: “No importa lo que hayas dicho, hecho o pensado antes, sino dónde estás sentado ahora”.
Efectivamente, todo depende del cristal con que se mira: el prisma a partir del cual evaluamos una realidad.
Sobran los ejemplos, recientes y remotos, que permiten ilustrar este fenómeno.
Raúl Alfonsín es ampliamente reconocido, y será recordado por las futuras generaciones, como el “padre de la democracia”.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.lanacion.com.ar — el contenido pertenece a La Nación.