La argentina que vivía viajando hasta que el país más feliz del mundo la conquistó: “Finlandia es un viaje en sí mismo”
Tal como suele ser en los comienzos, en Finlandia todo fue color de rosas.
Noe se recuerda allá, por el 2022, estudiando finés en un curso intensivo para extranjeros que disfrutaba mucho y en el que le iba muy bien.
Se había hecho una imagen mental de que iba a salir del curso siendo prácticamente bilingüe.
En ese entonces, Noe no tenía ni idea de todo lo que se iba a venir.
“Me río de ver cómo me di la cabeza (y todo el cuerpo) contra la pared al darme cuenta de que, a pesar de que terminé el curso con las más altas calificaciones posibles, eso me daba un nivel de finés intermedio. de bilingüe no tenía nada”, confiesa.
“Las cosas se empezaron a poner más difíciles cuando me di cuenta de que todo era un poquito (o mucho, en realidad) más complicado de lo que yo y mis experiencias inexplicables habían imaginado: comunicarme, conseguir trabajo, hacer amigas, sentirme cómoda rodeada de gente tan diferente y en un entorno bellísimo, pero a la vez muy hostil”.
Y así, entre inviernos sin sol y veranos de luminosidad eterna, tras 864 días en Finlandia, Noe decidió irse a un lugar similar a su querida Argentina, sin imaginar que, con aquella decisión, descubriría todos los motivos por los cuales hoy elige ser una argentina en Finlandia.
Una epifanía ¿Cómo llega una argentina a Finlandia? Noelia Truffa se encontraba de vacaciones en Tailandia, cuando tuvo una revelación que cambió su vida para siempre.
Era una mañana de verano y estaba a bordo de un colectivo destartalado camino al Templo Blanco.
Había elegido partir de madrugada para escapar del calor agobiante de un trópico que no daba respiro, una decisión que la halló en un vehículo semi vacío, a excepción de unos pocos pasajeros tailandeses y monjes budistas vestidos con túnicas anaranjadas.
Mientras el colectivo avanzaba, Noelia observaba el paisaje en un estado de trance; nada en él le resultaba particularmente llamativo, pero, aun así, una sensación exquisita desbordaba su espíritu.
De pronto, una lucidez abrupta emergió en su estado de alucinación trayendo consigo una epifanía certera: quería vivir viajando, ser nómada y conocer los tantos rincones del mundo como aquel, que la dejaban sin aliento.
Noelia miró al cielo y agradeció su revelación: “Me prometí que nunca más volvería a Buenos Aires de la misma forma en la que había vuelto de todos los viajes anteriores y, en cambio, solo volvería para prepararme para salir, tardara lo que tardase.
No sabía ni cuándo ni cómo, pero lo había visto muy claro, se había sembrado una semilla viajera que crecía a toda velocidad y ya no había posibilidad de volver atrás”, escribió años más tarde.
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