Cárceles, amenazas y bombas: la vida de Martin Luther King antes de convertirse en leyenda con el discurso que conmovió a EE.UU.
Lo dio vuelta todo .
Expuso la crudelísima realidad social de Estados Unidos en un discurso prodigioso que marcó una época, la iluminó, le señaló yerros monstruosos y la impulsó a cambiar, a girar el rumbo de la nave hacia la paz, la convivencia, la libertad, la esperanza, en especial para los negros de Estados Unidos que eran llamados “black people” o “colored people” porque “negro” era y es considerado un insulto.
Hace 63 años, el 28 de agosto de 1963, el reverendo Martin Luther King habló ante 250 mil personas reunidas a la vera del monumento a Abraham Lincoln, en Washington, no muy lejos de la Casa Blanca, donde el presidente John Kennedy seguía minuto a minuto y por televisión aquel hecho que sería inolvidable.
Luther King cerraba con ese acto la Marcha por el Trabajo y la Libertad.
Su discurso pasó a la historia como “ Yo tengo un sueño ” porque King usó, con aguda inteligencia, un recurso de la retórica de rara resonancia, llamado anáfora, que consiste en reiterar una frase, un concepto, una palabra sin caer en la redundancia y con la intención de fijar una idea.
La música sabe mucho de esas cosas; Johann Sebastian Bach también lo sabía.
Y Luther King se aferró, quién sabe si a Bach o a la retórica, para decir, por ejemplo: “Yo tengo el sueño de que un día en las coloradas colinas de Georgia los hijos de los exesclavos y los hijos de los expropietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad (…) Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter . ¡Yo tengo un sueño hoy!” Ese fue el tono y el contenido de sus aspiraciones.
King era un fantástico orador, capaz de conmover a una multitud con palabras elegidas con extremo cuidado y expresadas con pasión y exaltación; era capaz de desplegar una notable técnica narrativa para plantear la necesidad, y era urgente, de que Estados Unidos sancionara una ley de derechos civiles para su población negra.
Aquella tarde de finales de verano en Washington, Luther King habló, y sabía a quiénes hablaba, a un país que mantenía aún una deuda histórica con su comunidad afroamericana; era una deuda que se había comprometido a saldar en su declaración de independencia, en 1776, en la que afirmaba que todos los hombres eran iguales.
La promesa se había reiterado después de la sangrienta Guerra Civil entre el Norte y el Sur que puso fin a la esclavitud, en enero de 1863, pero no puso fin a la segregación racial.
Ese fue el cuidado compromiso que, con mano y seda muy finas, había atado Abraham Lincoln al terminar la Guerra Civil.
Dos años después, fue asesinado en el teatro Ford de Washington.
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