El poder cambió; el negocio también
Hace poco saqué un Tesla en leasing .
Tenía disponible Full Self-Driving , una función que también había tenido en mi auto anterior y que nunca había usado.
Tampoco pensaba activarla esta vez.
Mi hijo Max, de 22 años, tomó la iniciativa.
Durante el trayecto de aproximadamente una hora hasta casa fui adquiriendo confianza.
Hoy calculo que utilizo la función en más del 85% de lo que manejo.
El acceso a la tecnología estaba resuelto.
Mi disposición a usarla, no.
La intervención que cambió mi comportamiento vino de una persona en quien confío, fuera del control de la empresa.
Max no era, en esa escena, un target que recibía un mensaje.
Era un actor modificando la decisión de otro.
Una clasificación por edad, ingresos e intereses habría contado poco sobre su poder para cambiar mi experiencia con el auto.
Ahí empieza un problema para las empresas.
La persona a la que intentan llegar puede influir sobre otros, producir su propia interpretación de una marca, organizar apoyo o rechazo y alterar las condiciones del negocio.
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