El dueño de la cuadra
Eugenio se va del barrio después de 18 años.
Abrió el almacén de mitad de cuadra antes de que yo llegara y al principio tenía un socio que era más rubio que él, más forzudo que él, más blanco que él, más ojos celestes que él.
Eugenio se va y se lleva mucho.
Atendía de 8 de la mañana a 8 de la noche y era ideal porque tenía de todo y te lo solucionaba.
Las golosinas en la entrada, las galletitas de dulces a saladas en el pasillo de la derecha, al lado de las heladeras, las heladeras de gaseosas, de lácteos, los fiambres en el fondo, a la vuelta los productos de limpieza y de nuevo hacia la puerta el té, el otro pasillo, los fideos, las lentejas, las latitas de conservas.
Los pancitos brioche que vienen de a cuatro y son esponjosos.
Se va y se lleva la espontaneidad.
Faltan cinco para la noche y no hay salsa para los fideos pero está Eugenio; qué ganas de un Milka aireado, Eugenio; Coca Cola roja con hielo y limón, Eugenio; qué fiaca cocinar, mejor talitas con queso crema, pantalones de entrecasa, pantuflas, Eugenio.
Jamás juzgaba, pero no se le pasaba nada.
El cabello castaño que se le aplastó de gris, los ojos al tono, la delgadez, el acento de la otra punta del mundo, tenía clientes con cuenta corriente, algunos a quienes quizá fiaba y los que compraban al pasar.
Él los distinguía.
Su nombre se escribe de tres maneras : de la “e” a la “o” pero también en ucraniano, el idioma de su país, y en ruso, el idioma de la Unión Soviética, donde nació en el otoño del lado norte del 77.
Se va y se lleva tanto.
La rutina de pasar y saludar.
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