30 años de la Constitución porteña: autonomía, pluralidad y proyección global
El texto sancionado en 1996 no fue solo un cambio de estatus jurídico o una transferencia administrativa: fue el acto que otorgó la autonomía que en la Ciudad se venía gestando y el pilar del cual surgieron las leyes que establecen hasta el día de hoy nuestra convivencia.
También fue el nacimiento de una Ciudad capaz de presentarse ante sus ciudadanos y el mundo con atributos propios.
Buenos Aires dejó de ser un distrito administrado, afirmando su lugar dentro del federalismo argentino, y dio un paso indispensable para nuestra inserción global .
Es que la Constitución nos dio la facultad para celebrar tratados y convenios internacionales e interjurisdiccionales permitiendo construir vínculos con ciudades, regiones, países y organismos multilaterales, y participar activamente en espacios de cooperación.
Esto es especialmente relevante para una capital global como Buenos Aires, donde confluyen tanto la vida diplomática, cultural, religiosa, académica y económica, como los desafíos urbanos actuales, entre ellos la seguridad, la movilidad, la innovación, la sostenibilidad, la inclusión y la convivencia.
Estos ya no se resuelven de forma aislada.
En estos 30 años, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires construyó una amplia red de vínculos con ciudades de los cinco continentes , asumiendo compromisos y reafirmando lazos mediante acuerdos de cooperación y colaboración.
Asimismo, participa activamente en redes globales de ciudades, proyectando sus valores y su condición de sociedad abierta y cosmopolita en el escenario global.
Esos espacios permiten a Buenos Aires aprender de otras experiencias de gestión urbana, compartir sus propias buenas prácticas y cooperar en áreas clave para nuestro desarrollo socioeconómico, generando oportunidades que impactan positivamente en la vida cotidiana de los porteños.
Esta apertura al mundo no puede separarse de la historia de Buenos Aires, de lo que el Preámbulo de la Constitución llama la “identidad en la pluralidad” .
La Ciudad fue históricamente un punto de encuentro entre distintas oleadas migratorias que trajeron comunidades, lenguas, tradiciones culturales y credos diferentes.
Esa pluralidad forma parte de nuestro ADN porteño e ilustra una Buenos Aires abierta, diversa y habituada al encuentro.
En ese contexto, la libertad religiosa y de conciencia no es solo un derecho individual garantizado tanto por la Constitución Nacional y los tratados internacionales de derechos humanos como por la Constitución de la Ciudad: es también una condición concreta de la convivencia urbana .
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