La "última palabra", el grito de protesta de los rusos antes de perder la libertad
Moscú, 21 ago (EFE).- La "última palabra" es un derecho que recibe todo acusado en Rusia antes de escuchar el veredicto del tribunal.
Debido al gran número de penas de cárcel dictadas por la Justicia en los últimos años, ese alegato se ha convertido al mismo tiempo en un grito de protesta y en un género literario.
"Nadie en la historia ha podido hasta ahora engañar al tiempo.
A diferencia del bien, el mal tiene cerradas las puertas de la inmortalidad", dijo Lev Shlosberg, dirigente del partido opositor Yábloko, antes de ser condenado esta semana a once años de cárcel por criticar la guerra en Ucrania.
Son ya muchos los políticos, activistas y periodistas que han dejado para la historia, especialmente desde el comienzo de la guerra en Ucrania, esa última palabra contra la opresión.
En Rusia no se aplica la pena de muerte desde 1996, así que la "última palabra" ya no supone obligatoriamente la despedida del mundo de los vivos.
Es, más bien, una despedida del mundo de los hombres libres.
Poco importa si la acusación es de asesinato, alta traición o por desacreditar al ejército ruso al criticar en las redes sociales los supuestos abusos y crímenes de guerra cometidos en Ucrania.
Justo antes de que el juez se retire para redactar el fallo, el procesado tiene la oportunidad de leer durante el tiempo que considere conveniente -el récord son más de 13 horas- un texto en el que defiende su inocencia o justifica sus acciones.
Habitualmente, tiene que dirigirse al juez, sea desde una celda en la propia sala o frente a un atril, de espaldas a sus seres queridos y correligionarios.
Según el artículo 293 del Código Penal, el monólogo debe ser escuchado en silencio por todos los presentes, incluido el abogado, el fiscal y los guardias jurados, aunque no faltan las risas y los lamentos.
Pese a que el acusado dispone de ese derecho inviolable y el juez no puede hacerle ninguna pregunta, éste pone a veces malas caras e intenta interrumpirle.
Así le ocurrió a Shlosberg, de 63 años, al que la jueza interrumpió una y otra vez por aludir supuestamente en su oratoria a temas ajenos al caso en cuestión.
"El Estado ruso no ha podido liberarse del pecado original del bolchevismo.
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