Cómo destruir una reputación en Hollywood, según relatan cinco demandas de mujeres
Amanda Ghost, productora de cine, no es traficante sexual.
Jessica Serfaty, modelo y actriz, no es una prostituta.
Y Alexa Nikolas nunca ha estado acusada de ningún delito.
Sin embargo, sitios web anónimos que acusaban a estas mujeres de actitudes indebidas --acusaciones que según las tres mujeres son mentiras descaradas-- surgieron aparentemente de la nada, justo cuando cada una de ellas enfrentaba la disputa más amarga de su vida.
En los últimos años, al menos cinco mujeres han presentado demandas en las que describen campañas maliciosas de relaciones públicas que pretenden destruir su reputación.
Aunque las demandas difieren, todas afirman que las campañas de desprestigio se llevaron a cabo a través de sitios web anónimos, publicaciones falsas en redes sociales o la promoción de artículos y publicaciones desfavorables en Internet.
Describen una nueva vertiente en el campo del manejo de crisis en la que convergen las relaciones públicas, los servicios legales y la "dark web".
La demanda de mayor repercusión la presentó la actriz Blake Lively, quien afirmó que en 2024 se lanzó una campaña en su contra como represalia por haber acusado al actor Justin Baldoni de acoso sexual.
Baldoni negó las acusaciones y presentó una contrademanda, la cual fue desestimada.
Lively llegó a un acuerdo a principios de este año sin recibir indemnización por los daños, pero Baldoni fue obligado a pagarle más de 400.000 dólares en honorarios de abogados.
En su demanda, Lively describió una campaña coordinada en redes sociales orquestada por tres empresarios: un abogado de Los Ángeles, un publicista de Nueva York y un estratega digital de Texas.
Para investigar las acusaciones, The New York Times entrevistó a más de 60 personas, revisó documentos judiciales y transcripciones de chats, y analizó cientos de sitios web anónimos y perfiles falsos en redes sociales.
Se identificó un patrón.
Las campañas se lanzaron con pocos meses de diferencia entre sí y estaban diseñadas para que fuera imposible rastrearlas, pero quedaron huellas digitales: el mismo lenguaje se repetía en múltiples sitios web y enlaces invisibles dirigían el tráfico de un sitio a otro.
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