El Niño traerá un invierno impredecible a Nueva York con menos nieve acumulada, más lluvias y tormentas mixtas
Un episodio intenso de El Niño , con una probabilidad del 69% de ubicarse entre los más fuertes registrados desde 1950, podría modificar el otoño y el invierno de Nueva York .
El escenario anticipa temperaturas superiores a la media, una menor presencia de nieve y un aumento de los episodios de lluvia y aguanieve en la costa este.
Los pronósticos más recientes de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) sitúan en más del 90% la posibilidad de que un El Niño muy fuerte se mantenga hasta el invierno de 2026-27.
Para Nueva York y el noreste, ese patrón favorecería una temporada con más humedad y temperaturas menos favorables para acumulaciones persistentes de nieve.
La posible intensidad del fenómeno también tendría consecuencias en el litoral.
Las tormentas costeras de invierno podrían ser más intensas y elevar el riesgo de inundaciones por marea alta y erosión de playas en sectores expuestos de la costa este.
El calentamiento del Pacífico que define a El Niño Según la NOAA, El Niño se forma cuando las temperaturas del océano Pacífico oriental suben al menos 0,5 °C por encima del promedio durante varios meses consecutivos.
El proceso debe estar acompañado, además, por una alteración de la circulación de Walker, uno de los componentes atmosféricos asociados al fenómeno.
En los episodios de mayor intensidad, el calentamiento del océano supera los 2,0 °C (3,6 °F) respecto de los valores históricos.
Esa diferencia permite distinguir un evento fuerte de otros períodos de calentamiento menos pronunciado en el Pacífico tropical.
Durante un episodio de El Niño, los vientos alisios se debilitan o cambian de dirección.
Como resultado, el agua cálida se desplaza hacia América y se modifican patrones atmosféricos globales, entre ellos la posición de la corriente en chorro del Pacífico, que se mueve hacia el sur.
Ese desplazamiento es relevante para el noreste de Estados Unidos porque puede reducir la frecuencia de irrupciones prolongadas de frío intenso.
Al mismo tiempo, favorece condiciones para sistemas con mayor humedad durante los meses fríos, un factor que puede modificar la forma en que se presentan las precipitaciones.
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