Dormir en la acera para cobrar la vejez: La vigilia de los jubilados cubanos por una pensión de $10
El asfalto frío de la acera de Santiago de Cuba no distingue edades ni achaques.
A la una de la madrugada, cuando el silencio de la ciudad solo es interrumpido por el zumbido distante de algún generador improvisado o el suspiro de la noche, las puertas de la sucursal bancaria permanecen cerradas.
No hay luces encendidas en el interior, no hay empleados al otro lado del cristal ni dinero circulando por las rendijas de los cajeros automáticos.
Solo hay una puerta de metal y, sobre la acera, tres o cuatro cuerpos acurrucados intentando acomodarse en la postura menos dolorosa para pasar las horas que faltan hasta el amanecer.
Una fotografía en blanco y negro, tomada y difundida en redes sociales por Yasser Sosa Tamayo, capturó esta escena con la crudeza desgarradora del contraste.
En la imagen no hay artificios: solo ancianos envueltos en mantas raídas, recostados sobre cartones o directamente en el piso, acompañados por pequeñas bolsas de tela y botellas de agua que constituyen todo su equipaje para la jornada.
No están allí por elección ni por un trámite extraordinario; están allí para cobrar la pensión del mes, el haber de toda una vida de trabajo.
Lo que en cualquier otro lugar del mundo sería una postal de emergencia social o una anomalía trágica, en la Cuba actual se ha transformado en una estrategia de supervivencia cotidiana.
La escena documentada a la una de la mañana es apenas el punto medio de una vigilia que comienza mucho antes.
En Santiago de Cuba se ha vuelto habitual que las personas de la tercera edad comiencen a congregarse desde las seis de la tarde del día anterior.
Ocho, diez o doce horas a la intemperie para marcar un turno en una cola que formalmente ni siquiera ha empezado.
El motivo de esta desesperada madrugada es puramente matemático.
Muchas sucursales bancarias, golpeadas por la falta de personal, la escasez de efectivo circulante y las fallas logísticas, operan con capacidad reducida, llegando a atender únicamente a unos 50 jubilados por día.
Quedarse fuera de ese cupo inicial significa perder la jornada entera, regresar a casa con las manos vacías y tener que repetir el calvario la noche siguiente.
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