Juanita, sus 48 años como farmacéutica en Neuquén y un Bon o Bon que sintetiza su historia
Hace unos meses, un hombre mayor entró a la farmacia de Juana Ruppel porque necesitaba un medicamento, pero no tenía dinero para pagarlo. Ella se lo dio igual. Días después volvió con la plata y un Bon o Bon en la mano. “Juanita, gracias porque me salvaste la vida” , le dijo. La escena podría perderse entre las miles que pasaron durante casi medio siglo por la farmacia San Jorge, en Neuquén . Pero todavía la recuerda y se emociona.
Hubo vecinos que aparecieron con higos porque sabían que le gustaban, otros llevaron damascos, naranjas o pomelos de sus chacras. Llegaron facturas para compartir con las empleadas, chocolates, recuerdos de algún viaje y hasta medio chivito para las fiestas. Pequeñas formas de devolver una atención, un remedio fiado, una madrugada en la que respondió el timbre o tantos años de preguntar por el marido enfermo, el casamiento de una hija o aquel problema que alguien le había contado semanas antes.
“Esa es la mayor cosecha que hemos tenido de nuestra profesión: el cariño de la gente. Lo material va y viene. Eso que te queda en el corazón no se va”, dice. A los 73 años, Juana decidió que llegó el momento de dejar el mostrador. No porque haya perdido la vocación que sino porque quiere disponer de su tiempo. Dormir hasta la hora que quiera. Viajar. Estar con su hija. Disfrutar a su nieto.
Juana creció en un pequeño pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires, cerca del límite con La Pampa. Nadie en su familia era farmacéutico. Ella no jugaba con muñecas. Esperaba los cajones de fruta que llegaban del Valle y con esas maderas estanterías en las que ponía los frasquitos que juntaba. “ Esa fue mi primer farmacia”, recuerda.
Comenzó a estudiar en La Plata, pero durante el primer año tuvo problemas de salud. Un médico le recomendó abandonar los libros. “Doctor, o soy farmacéutica o no quiero vivir “, le respondió. Continuó la carrera en San Luis y allí hizo una promesa: si lograba recibirse y algún día tenía su propio negocio, llevaría el nombre de San Jorge. Años después cumplió.
Antes de instalarse en Neuquén recorrió Cutral Co y Centenario buscando oportunidades laborales. Pensaba trabajar uno o dos años como regente y después abrir algo propio, pero las propuestas no la convencieron. Huérfana desde muy chica, tenía un pequeño lote de tierra en Buenos Aires que había heredado de sus padres. Decidió venderlo. “ Mis padres no me pudieron ver, pero esto va a ser mi farmacia”, pensó.
Tenía 25 años cuando llegó a Neuquén. Recorrió la ciudad hasta que encontró una esquina en Láinez y Carro. “Este es mi lugar, este es mi barrio”, recuerda. Allí abrió San Jorge en 1978. La elección del nombre planteó un pequeño desafío. En aquellos años las farmacias neuquinas llevaban habitualmente el apellido del farmacéutico o el nombre de una calle o un barrio. La inspectora que debía habilitarla no conocía antecedentes de una con nombre de santo. Juana preguntó si alguna norma lo impedía. No existía. San Jorge abrió sus puertas con el nombre que había prometido años antes.
Tiempo después trasladó el negocio junto a su casa.
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