Importancia y valor del laicismo para la cultura de la libertad
El momento actual de la Argentina, signado por el auge de las ideas de la libertad en el marco del gobierno del presidente Javier Milei, es propicio para precisar algunos alcances por lo general no reconocidos respecto de la noción de libertad.
Lejos de su identificación con la ideología conservadora con que se confunde a menudo, el liberalismo concibe al individuo como un fin en sí mismo y jerarquiza el valor de sus derechos y sus capacidades reales y potenciales que son el resultado de su libertad fenomenalizada, una realidad antropológica que elevada a norma constituye una “ética mínima” basada en el efectivo respeto al prójimo y a las consecuencias de la acción humana.
Sus fundamentos inmanentes no exigen adhesiones metafísicas debatibles ad infinitum ni la obediencia a doctrinas sustentadas en última instancia en falacias de autoridad, sino el reconocimiento de un único límite en el principio de no agresión , entendida esta última como un daño identificable y sin causa de justificación contra otro ser humano.
La ética liberal se define además por la necesaria escisión entre el ámbito privado y el público —que distingue al individualismo del comunitarismo, génesis del intervencionismo colectivista—, anteponiendo al primero, lo que permite desenvolver de forma consistente el proyecto de vida propio y las relaciones de cooperación con los demás.
La libertad individual implica para su vigencia derechos civiles y políticos —la vida, la libertad y la propiedad privada, y sus proyecciones particulares—, lo que incluye la potestad irrestricta de elegir, cambiar o abandonar cualquier conjunto de creencias sin sanción o persecución por parte del Estado o de terceros.
En términos históricos, el liberalismo nació de la necesidad de frenar la violencia ilegítima del poder absolutista , que invariablemente afecta la libertad por el hecho de desconocer sin remedio la suma de las acciones particulares en el tiempo y el espacio, lo que no puede sino frustrar sus pretensiones de coordinación social.
En este contexto, el proceso de secularización —que se define por la creciente separación del Estado de la religión y de las instituciones que la representan— se desarrolló en paralelo al liberalismo moderno y representa el reconocimiento de una condición inherente a la autonomía individual, sin que esta deba quedar supeditada a las creencias de los demás en el plano de lo trascendente.
En cambio, cuando el Estado abraza un credo oficial o le otorga preferencia a alguno en particular, convierte a los ciudadanos disidentes en ciudadanos subordinados, y recae sobre ellos el peso de un estigma.
Por lo tanto, el laicismo es una garantía de la efectiva igualdad ante la ley .
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