Entre la gloria y el ostracismo en Francia: crónica de los últimos días de San Martín, un prócer de carne y hueso
En su retiro en las afueras de París, donde pasaba desde Semana Santa hasta el día de los difuntos, el viejo general José de San Martín no era ni en los sueños de los más fanáticos, el Padre de la Patria, rótulo con que el país lo honraría demasiado tarde, después de años de indiferencia e ingratitud, cuando sus huesos regresaron a su país luego de treinta años de haberse ido de este mundo.
Militar de cuna correntina que había hecho la guerra primero en el ejército español, y que una vez enfrascado en darle la libertad a América, había liberado Chile luego de superar la locura de cruzar los Andes .
Le había dado la independencia al Perú, y que cuando pretendió continuar la campaña, el egoísmo y la mirada cortona del gobierno porteño , abstraído en sus luchas contra los caudillos del interior, le cortó definitivamente la ayuda, lo que lo llevó a acercarse a Simón Bolívar , a fin de unir voluntades.
Pero la ambición del venezolano era la de acaparar la gloria y San Martín, eludiendo la escena latinoamericana de vanidades y egos, hizo las valijas y con unos pocos incondicionales, partió para no volver.
La despedida de Remedios En Mendoza fue rodeado de intrigantes y de espías y tenía el dato de que atentarían contra vida en su viaje a Buenos Aires.
El tiempo precioso que le hicieron perder le impidieron despedirse de su esposa, devastada por la tisis.
Cuando por fin llegó, encargó una lápida para la tumba de Remedios, que había sido esposa a los 14, madre a los 18 y que moriría a los 25.
Recogió a su hija, malcriada por su abuela, y partió a Europa.
Quiso regresar en diciembre de 1828 para irse a vivir a su chacra en Mendoza, alejado de la vida pública, y el alma se la vino al piso cuando comprobó que todo lo que había contribuido a levantar había quedado en la nada.
Cómo habrá sido el golpe emocional, que se negó a desembarcar.
En su escala en Río de Janeiro se enteró que un viejo subordinado, Juan Lavalle , valiente hasta la médula pero con escaso talento para la política y fácilmente influenciable por los políticos unitarios, había derrocado al gobernador Manuel Dorrego .
Al arribar a Montevideo supo que el atribulado Dorrego, que solo pedía que lo dejasen abandonar el país, moría fusilado sin saber por qué , y que el caos se había apoderado de Buenos Aires.
Insistieron en ofrecerle el gobierno pero se negó , bajo la convicción de que no tomaría partido ni por uno ni otro bando.
Además, aseguró que no servía para gobernar.
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