Horas antes de operar a su hijo, le detectaron un tumor que podía dejarla sin caminar: cómo hizo de las finanzas una misión de vida
“No me operen a mí ahora, primero lo operan a él”.
Gabriela Totaro recuerda así el momento en que tuvo que priorizar la salud de su hijo sobre la propia.
Era el 17 de noviembre de 2008 y Francisco, de cuatro años, se preparaba para una cirugía a corazón abierto.
Una semana antes, a ella le habían detectado un tumor en la médula espinal.
Ya no sentía las piernas, las posibilidades de no volver a caminar eran altas y los médicos le advirtieron que debía operarse con urgencia.
Pero Gabriela no dudó.
Si ella no volvía a caminar, se preguntaba, quién iba a acompañar al niño.
Él entró primero al quirófano.
Veinte días después, fue su turno.
La intervención fue seguida por dos años y medio de rehabilitación.
Para entonces, la vida de Gabriela ya había estado marcada por hospitales, separaciones y dificultades económicas.
Francisco había nacido con una grave malformación del esófago y llevaba trece cirugías .
Ella había quedado sola con él, había empezado a trabajar como psicopedagoga para sostener a su familia luego de perder otro empleo.
La enfermedad le había mostrado hasta qué punto una crisis podía desordenarlo todo.
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