Enojos del presente versus enojos del pasado
La medicina ha entendido, hace ya mucho tiempo, que tanto o más importante que saber identificar el problema del paciente (diagnóstico) o que saber indicar un tratamiento adecuado (prescripción terapéutica), es construir un vínculo de confianza con quien se tiene enfrente.
Un médico puede dominar la ciencia a la perfección, pero es la calidad del vínculo entre el médico y el paciente lo que transforma un acto clínico en un verdadero y exitoso tratamiento .
Si entendemos al vínculo entre un gobernante y sus gobernados padecientes como un vínculo médico, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estamos en un momento en el que el paciente está malhumorado .
La gran mayoría de las encuestas muestran a una mayoría nítida de la sociedad desaprobando el desempeño del gobierno , con mucho más imagen negativa que positiva del presidente, con una percepción crítica del presente y teniendo más pesimismo sobre el futuro que optimismo.
Frente a un paciente malhumorado y desconfiado, las recomendaciones de la medicina son indubitables.
En primer lugar, no personalizarlo ni ponerse a la defensiva .
El mal humor y la desconfianza casi siempre expresan miedo, frustración, no necesariamente un ataque al médico.
En segundo lugar, reconocerle lo que siente.
El paciente necesita primero sentirse escuchado antes de poder escuchar .
En tercer lugar, explicar con claridad y expectativas realistas, sin tecnicismos, qué se espera del tratamiento , en cuánto tiempo, qué es normal y qué no .
Y finalmente, sostener el vínculo aunque persista el desacuerdo.
Aun si el paciente no se convence del todo, dejar la puerta abierta al desacuerdo, preservar la relación permite retomar más adelante.
En definitiva, la respuesta más eficaz no suele ser insistir con más argumentos clínicos , sino restablecer la confianza a través de la escucha y la empatía.
La adherencia se recupera reparando el vínculo, no ganando la discusión.
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