Cinco años sin Charlie Watts: del hombre elegante del swing indescifrable al día en que hizo con Mick Jagger lo que nadie se animó
Se cumplen cinco años de aquel tristísimo 24 de agosto de 2021 en el que nos quedamos sin el corazón latiente de los Rolling Stones .
Y cuanto más tiempo pasa, más se agiganta la figura de Charlie Watts .
En un ecosistema tan dado al exceso, el exhibicionismo y las mitologías de utilería, Charlie representó la victoria definitiva de la elegancia sobria.
No solo era el sostén rítmico insustituible de los Rolling Stones; era su ancla moral, el aristócrata del swing que miraba el circo del rock and roll con una distancia tan distinguida como sutilmente irónica. No fue casualidad que el primer documento cinematográfico sobre los Rolling Stones (filmado por Paul Whitehead durante la gira de la banda por Irlanda en 1965) se llamara Charlie is my Darling , algo así como “Mi querido Charlie”, fue acaso el título más apropiado que podía recibir aquel primer retrato cinematográfico de los Rolling Stones: la cámara, como terminaría ocurriendo con buena parte de quienes conocieron al baterista, y por declaraciones del propio director, parecía tener una debilidad especial por Charlie Watts, quien, curiosamente o no, siempre fue el Stone más aplaudido por el público en las presentaciones de los miembros de la banda en los recitales.
Su personalidad era un monumento al bajo perfil.
Mientras Mick Jagger acaparaba los reflectores y devoraba el escenario con su hiperactividad, Charlie permanecía al fondo, inmutable, perfectamente encorbatado y enfundado en sus trajes a medida de Savile Row —de los que era un verdadero conocedor y coleccionista—.
No le interesaban las mieles del estrellato, las groupies ni el exhibicionismo mediático.
Con una disciplina casi monacal y un gesto austero pero jamás distante, Charlie salía al escenario a hacer su trabajo: sostener la máquina rítmica más grande de la historia. Ese contraste entre la furia escénica de la banda y su impavidez tras la batería era, en sí mismo, una declaración estética.
Su estilo detrás de los parches era pura economía de recursos al servicio del groove .
En una época signada por los solos interminables de batería y los kits monumentales con doble bombo, Charlie tocaba con una configuración básica y una sutileza propias del jazz.
Tenía una particularidad técnica magistral: en muchos de los patrones rítmicos, al golpear el tambor con la mano derecha levantaba ligeramente el palillo del hi-hat.
Ese minúsculo silencio generaba un aire, un latido único, que le daba a las canciones de los Stones ese contagiable e inimitable swing.
Los Stones nunca fueron una banda de rock duro tradicional.
Eran una demoledora máquina de swing propulsada por el pulso de Watts. Nadie entendía mejor esto que sus propios compañeros de ruta.
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