La carrera a vida o muerte para construir un planeta
El reloj no perdona.
Ni a humanos ni a planetas.
Nuestro Sistema Solar actual, a sus maduros 4.500 millones de años de edad es, en su mayor parte, un inmenso espacio vacío apenas salpicado con un puñado de mundos, lunas, asteroides y cometas.
Pero no siempre fue así.
En sus primeros millones de años de existencia, nuestro vecindario no era más que una masa espesa, violenta y arremolinada que contenía ingentes cantidades de polvo y gas.
Una auténtica 'sopa' primordial girando alrededor de un sol recién nacido y de la que, después, nacieron los mundos que hoy conocemos.¿Pero cómo y cuándo se desvanecieron las enormes cantidades de gas de nuestro disco protosolar para dar origen tanto a nuestro sistema planetario como a otros incontables sistemas similares de la galaxia? Para resolver este misterio fundamental, Naman Bajaj, investigador del Laboratorio Lunar y Planetario (LPL) de la Universidad de Arizona, se ha sumergido en los datos recopilados hasta ahora por el telescopio espacial James Webb de la NASA.
Y lo que ha encontrado es, literalmente, el soplido feroz de las estrellas recién nacidas.El estudio, recién publicado en ' The Astronomical Journal ' y considerado uno de los mayores sobre formación planetaria llevados a cabo hasta ahora, confirma que los planetas se forman en una auténtica carrera contrarreloj, dominada por dos formidables mecanismos físicos que actúan en sucesión, uno detrás de otro.El 'rugido' magnético del recién nacidoTodo comienza en la más tierna infancia estelar, con un sol aún inmaduro y rodeado por un denso 'disco protoplanetario', hecho del material sobrante de su propia formación.
Y un hecho importante: el disco alberga su propio y descomunal campo magnético.
El gas, de hecho, no se queda quieto en él, sino que se 'engancha' a las líneas de ese campo magnético y es canalizado y expulsado a velocidades vertiginosas, de entre 16 y 160 kilómetros por segundo.Este colosal flujo de salida es lo que los astrofísicos llaman 'vientos magnéticos'.
Y es tan masivo, tan denso, que actúa como un pesado escudo de plomo, bloqueando por completo los fotones de rayos X (la luz de más alta energía de la estrella) e impidiendo que lleguen a golpear el disco.El Sol evapora el cosmosPero nada dura para siempre.
Al cabo de unos pocos millones de años, la furia de los vientos magnéticos se debilita.
Y es en ese preciso instante cuando entra en juego una segunda fuerza arrolladora: los 'vientos fotoevaporativos'.Compuestos por rayos X y luz ultravioleta procedentes de la joven estrella, estos vientos logran al fin penetrar la ya debilitada barrera magnética.
Su energía excita el gas restante del disco y también lo expulsa violentamente del sistema.
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