Laura Olcina, Premio Nacional de Innovación: “Si no ves el techo de cristal, lo rompes de un cabezazo”
En el despacho de Laura Olcina (Valencia, 1973) no hay mesa de reuniones. Unos sillones, varias mesitas y un sofá sustituyen la barrera habitual entre quien dirige y quien entra a conversar. No es una decisión meramente decorativa. Al frente de un centro tecnológico con 353 profesionales, repartidos entre Paterna, la Universitat Politècnica de València y Torre Juana, en Alicante, la directora defiende una proximidad sin escenografía: escuchar, confiar y dejar que las conversaciones fluyan. “No hay que tener miedo a la cercanía. Al contrario, es muy necesaria”.
Ese estilo ayuda a explicar cómo una economista que llegó en 1998 como becaria al centro tecnológico especializado en TIC (ITI) terminó dirigiéndolo cuatro años después, con apenas 29 años. Entonces la plantilla no llegaba a diez personas. Hoy esta entidad supera los 20 millones de euros de ingresos y trabaja con cientos de empresas. El reciente Premio Nacional de Innovación 2026, en la modalidad Trayectoria Innovadora, reconoce ese recorrido, aunque ella todavía habla del galardón como si le hubiera ocurrido a otra persona.
Olcina llegó a la candidatura casi a regañadientes. Nunca se había presentado a un premio, y fue una galardonada de una edición anterior, junto con otras personas de su entorno, quien la animó a intentarlo. La convocatoria exigía avales de figuras de prestigio y una memoria detallada que decidió redactar ella misma, sin pedir ayuda. Aquel ejercicio la obligó a revisar por primera vez con cierta distancia casi tres décadas de trayectoria: el crecimiento de ITI, pero también los proyectos fallidos y los momentos críticos, incluido un ERTE por problemas de financiación. Se presentó con pudor, convencida de que no se lo concederían y de que no volvería a intentarlo: “Casi me daba vergüenza presentarme”.
Uno de esos fracasos todavía le duele. Entre 2005 y 2007, ITI desarrolló una línea de reconocimiento facial cuando apenas existía mercado para esa tecnología. En China y Estados Unidos querían comprarla; en España, no. “Llegamos demasiado pronto”. La experiencia cambió la forma de trabajar del centro: investigar con perspectiva, pero sin perder de vista las necesidades reales de las empresas.
De ahí nace una de sus batallas semánticas. Olcina rechaza que digitalizar e innovar sean sinónimos. Pasar un formulario del papel a una pantalla no transforma una organización. La transformación comienza cuando la tecnología modifica procesos, decisiones o modelos de negocio. Tampoco acepta como innovación un desarrollo que desaparece al terminar una subvención. Si acaba en un cajón, sostiene, no ha generado impacto.
Esa mirada trasciende ITI. Como presidenta desde 2022 de la Federación Española de Centros Tecnológicos (FEDIT), representa una red de 56 centros tecnológicos y cuatro agrupaciones, con más de 11.100 profesionales. Preside también el Consejo Asesor de Ciencia, Tecnología e Innovación (CACTI), un espacio en el que confluyen universidades, centros tecnológicos, el CSIC y otros agentes del sistema.
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