Emergencia educativa
Nada es más urgente que transformar la educación en España.
La publicación del reciente informe PISA es la crónica de un desastre anunciado, lo que no le resta gravedad.
España vuelve a situarse en una franja que ya no puede interpretarse como un tropiezo coyuntural, sino como un síntoma persistente.
La emergencia educativa no es un eslogan, es la constatación de que el país ha entrado en una fase de debilitamiento intelectual que afecta a la comprensión lectora, al razonamiento matemático y a la capacidad de interpretar el mundo con rigor.
Y, sin embargo, lo más inquietante no son los resultados, sino la serenidad con la que se reciben.
Cuando no hay un mínimo de crítica desde el Gobierno es imposible progresar.
Vivimos en un país en el que los responsables de las reformas educativas, que han hundido la escuela en las últimas cuatro décadas, están exentos de rendir cuentas.
Las reformas educativas solo se valoran previamente, por sus buenas intenciones, nunca atendiendo a sus resultados.El informe PISA y el descalabro educativo que retrata debería tener el efecto de una sacudida para el sistema educativo.
No podemos dejar que un pilar de nuestra sociedad se degrade de este modo.
Y ojo, que aún no hemos tocado fondo, y siempre podremos seguir «excavando», como afirma con sorna Catherine Lecuyer.
Necesitamos un plan de emergencia.
Si no, aún 'superaremos' estos resultados en PISA 2030.Y cabe tener claro que las administraciones autonómicas se encargan de la provisión y gestión de los recursos, pero la ley de educación, que es el marco general al que se ha de acomodar la enseñanza, así como los reales decretos que enmarcan los currículos, proceden del Gobierno.Por otro lado, los sistemas educativos no colapsan de repente.
Se erosionan lentamente, por acumulación de decisiones políticas, también sociales.
La primera fractura es política.
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