Kylian Mbappé: una estrella también fuera del campo
Escribo esto tras ver unas declaraciones del futbolista del Real Madrid, Kylian Mbappé, tras la polémica desatada por la reacción que tuvo el francés nada más saltar al césped del Martínez Valero de Elche.
El número diez del equipo blanco decidió libremente saltar al campo con la camiseta en apoyo a Ceuta enrollada hacia el pecho para ocultar el lema, quitándosela después junto a sus compañeros Konaté y Vinícius Jr.
Como bien aclaró el propio Mbappé en la entrevista concedida a Diario AS, este gesto no fue un desplante a los ceutíes, con quienes se solidariza plenamente, sino una decisión consciente para no priorizar unos sufrimientos sobre otros, recordando, a su vez, la tragedia humanitaria de los inmigrantes que pierden la vida en el mar.
Por este motivo, me gustaría recordar a la gente que estamos en un país libre y democrático donde cada cual puede hacer lo que crea conveniente siempre que esto no dañe la integridad física de nadie, no genere violencia alguna ni atente contra la libertad o los derechos de nadie.
La libertad de expresión, que está recogida en nuestra Carta Magna, también se refleja en el derecho que cada ciudadano, como ser individual que es, puede ejercer; y el gesto de visibilizar de esta manera su postura lo es.
Ahora parece que quien no apoya a Ceuta con una bandera de la ciudad autónoma, con un lema o algo de ese estilo, es un antiespañol, un antipatriota y, por supuesto, un maldito "rojo" peligroso que no quiere el bien de todos los españoles.
Mbappé y cualquiera que haga algo como lo que él ha hecho no es menos que quien se pone la bandera de Ceuta, de España o del lugar que sea.
Quizás, ahora que se cumplen los noventa años del asesinato de Federico García Lorca, convendría recordar aquella frase que el poeta de Fuente Vaqueros dejó para la posteridad: "En la bandera de la libertad forjé el amor más grande de mi vida".
Frase maravillosa que algunos jamás podrán no solo entender, sino ni tan siquiera defender.
Libertad y amor que, por desgracia, muchos inmigrantes que cruzan la frontera no conocen en sus países, donde sí sufren hambre, miseria, dolor y angustia; males que quieren superar cruzando el mar con el objetivo lógico de poder encontrar en nuestro continente una vida mejor.
Pena de aquellos que odian al inmigrante.
Pena de quienes son herederos de los que hicieron posible que muchos de nuestros compatriotas tuvieran que marcharse en los años treinta y cuarenta de nuestro país por miedo a que los mataran o por hambre.
Pena de esos mismos que ahora ven al marroquí, al de raza negra, amarilla o cualquiera que no sea la blanca, como un enemigo.
No se puede considerar invasor a alguien que viene a buscarse la vida porque no tiene ni dónde vivir ni qué comer.
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