En 1879, un cartero empezó a recoger las piedras que aparecían en su camino: 33 años después, su jardín albergaba un descomunal palacio
La historia de Ferdinand Cheval tiene algo de fábula: durante una jornada de trabajo aparentemente rutinaria, un cartero francés tropezó con una piedra, se la guardó y terminó dedicando buena parte de su vida a convertir las piedras encontradas durante sus recorridos en un palacio .
Lo extraordinario no es solo el resultado, sino la escala temporal de aquella obsesión: empezó en 1879 y no dio por terminada su obra hasta 33 años después.
Una piedra en el camino.
En abril de 1879, Ferdinand Cheval tenía 43 años y trabajaba como cartero rural en los alrededores de Hauterives, una pequeña localidad de la Drôme francesa.
Durante uno de sus recorridos tropezó con una piedra cuya forma le resultó tan extraña que decidió recogerla y llevársela .
No lo sabía entonces, pero acabaría llamándola su “piedra de tropiezo”.
Aquel objeto aparentemente insignificante despertó una vieja fantasía que llevaba años rondándole la cabeza: construir algún día un palacio surgido de su propia imaginación.
En Xataka En 1922, un ingeniero de EEUU construyó una casa con más de 100.000 periódicos.
100 años después, las paredes de papel aún se conservan Ser cartero ayudó.
Cheval procedía de una familia humilde de campesinos, había trabajado como panadero y no tenía formación como arquitecto, escultor o albañil.
Su oficio, sin embargo, le daba algo fundamental : recorría diariamente decenas de kilómetros por los caminos de la región y comenzó a fijarse en las piedras que encontraba a su paso.
Primero las guardaba o señalaba durante la ruta y después regresaba a buscarlas con una carretilla , convirtiendo poco a poco su recorrido postal en una gigantesca cantera involuntaria.
Ferdinand Cheval Repartiendo cartas y construyendo un palacio.
Tras terminar sus jornadas, Cheval trabajaba en su jardín , muchas veces de noche y alumbrándose con una lámpara de petróleo.
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