Fuenlabrada in love
Una de mis tiras cómicas favoritas, esa a la que siempre vuelvo, es Krazy Kat, de George Herriman.
Con apenas tres personajes, Herriman consigue trazar complejas relaciones humanas más allá de planas historias de buenos y malos.
El gato Krazy (de sexo deliberadamente indefinido, personaje no binario 'avant la lettre'), en lugar de querer comerse al ratón Ignatz, está locamente enamorado de él.
Ignatz, en vez de huir de su depredador natural, le desprecia y lanza ladrillos a la cabeza, que son interpretados como pruebas de amor (pequeños corazoncitos flotantes provoca cada ladrillazo).
Bull Pupp, el perro policía, no persigue al gato, a quien quiere en secreto, sino a Ignatz, al que encarcela una y otra vez.
Aquí cada uno ama o castiga a quien no debe, y la violencia es recibida como ternura, en un aparentemente sencillo juego de roles invertidos con tiernos animalicos.
Pero no se equivoquen, amigos, todo es un poco más complejo y sofisticado en este «meteórico melodrama burlesco», como lo definía E.
E.
Cummings: ni Krazy es tan memo, ni Ignatz tan malo, ni Pupp tan pendenciero.
Krazy no es tonto, ni víctima de un engaño: Krazy quiere que Ignatz le lance ese ladrillo a la cabeza y lo consigue.
Si dejara de hacerlo, se sentiría abandonado.
Es imprescindible el golpe para que su lealtad sea puesta a prueba y, por lo tanto, demostrada.
Una y otra vez.
Es lo que espera y es lo que recibe.
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