El primero, no asustar
A Sánchez le están colapsando en esta precampaña todos los relatos.
A juzgar por lo poco que le duran los hallazgos, su célebre maquinaria de propaganda parece haberse averiado.
La fragata marroquí, ocultada a las Cortes, ha devuelto al primer plano el conflicto de Ceuta cuando parecía relativamente más controlado; la ley de nietos está a punto de naufragio y la ofensiva sobre la vivienda ha quedado en pausa desde que a la portavoz socialista le apareciera un novio dedicado al impopular rentismo inmobiliario.
Por fortuna para los guionistas de Moncloa, la oposición le ha venido a echar una mano al poner la sobre la mesa el brumoso futuro de los jubilados.
Los autosabotajes del PP son un clásico pero esta vez también Vox parece haber sufrido el contagio.
Cualquier becario de consultoría sabe que las pensiones son pura nitroglicerina política, una materia líquida que explota si se la agita.
Sacar a relucir su presumible insostenibilidad en época electoral constituye un gesto suicida, un error de lesa estrategia comunicativa en el que aún siguen cayendo algunos expertos en economía que ignoran ciertas reglas no escritas como la de evitar los diagnósticos sombríos con las urnas a la vista.
En un mundo perfecto, en una escena pública tranquila, nadie debería salir penalizado por mostrar responsabilidad pero en la lucha por el poder hay cuestiones terminantemente prohibidas.
La más elemental es sembrar el pánico entre los votantes de mayor edad con inoportunas especulaciones pesimistas.Claro que habrá que reformar el sistema de pensiones en algún momento.
No porque no vaya a haber dinero, aunque también exista ese riesgo, sino porque será menester detraerlo de otros servicios públicos esenciales en el Estado de bienestar o buscarlo en un aumento de impuestos .
Como el asunto es de alta sensibilidad social, los sucesivos gobiernos se dedican a poner parches en el agujero, a base de incrementar la deuda, aplazando la decisión crucial con el pretexto de que no existe consenso.
Que es tan verdad como que esa cultura de acuerdo, cristalizada en el obsoleto pacto de Toledo, se ha evaporado y no volverá en mucho tiempo.
Sólo que la peor ocasión para recordar el peligro de quiebra estructural es cuando están en juego unas elecciones a cara de perro.
Feijóo ha salido con gesto serio a zanjar el debate, consciente de que se ha o lo han metido en un matorral inflamable.
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