Amelia tiene miedo
Tantas veces había tenido que inventarse una excusa, que al final acabó aprendiendo a disimular los efectos que le producía ese terror jamás conocido hasta que él entró en su vida.
Ese miedo atroz que la paralizaba cada vez que escuchaba sus pasos aproximarse o dejaba volar su imaginación y se planteaba enfrentarse a sus golpes, pedir ayuda, gritar simplemente para que la oyeran.
A fuerza de tanto escuchar a los políticos sobre la importancia de denunciar, Amelia empezó a creerse que podía escapar de ese infierno.
Se necesita mucho valor para hacerlo y lo que es más importante, mucho respaldo para socorrer a las víctimas de una lacra que está incrustada en el ADN de esos tipos que se creen dueños y señores de sus mujeres.Amelia empezó a madurar la idea.
Tan sólo tendría que buscar el momento propicio.
Quizás ese día, cuando él se suele marchar pronto de casa y no regresa hasta la noche.
Había pensado dejar primero a los niños en el colegio y después acudir al cuartel de la Guardia Civil.
Quería esquivar al marido de su amiga, guardia de profesión, porque le daba mucha vergüenza reconocer entre los conocidos el verdadero origen de esos moratones que afloraban por su cuerpo.
Amelia había preparado un plan y estaba dispuesta a ello.
Pero llegó aquella maldita noticia en verano.
Otra mujer asesinada por su marido en Asturias.
Era guardia civil y el asesino le había dado muerte en el interior de un cuartel cuando estaba rodeada de compañeros.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo nada más leer la noticia del crimen de Laura.
Él se percató de inmediato que algo le pasaba a su mujer y le preguntó con la agresividad habitual de todas las mañanas.
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