Hiperpolitización (hasta en la sopa)
Cuenta la politóloga y premio Pulitzer norteamericana Anne Applebaum que en la Nochevieja de 1999 organizó en su casa una cena a la que invitó a un grupo de amigos muy queridos para recibir juntos el nuevo milenio.
Eran de colores políticos diversos, pero compartían un mismo optimismo por el futuro de la democracia liberal y sus logros.
Veintitantos años después, explica ella, nada queda de esa red de amigos, rota por la deriva hacia posturas antagónicas.
Unos hacia la derecha más intransigente, otros hacia una izquierda igualmente poco dialogante, mientras que un tercer grupo se acercaba a ultranacionalistas, o antisistema.
En mayor o menor medida todos tenemos una experiencia similar.
La política, que antes era una parte más de nuestras vidas, ahora lo tiñe todo.
Una encuesta llevada a cabo en los Estados Unidos revela que el 60,5 por ciento de los entrevistados considera que tener opiniones políticas divergentes es motivo terminante para no entablar una relación de pareja con alguien.
Un estudio similar en España arroja datos más esperanzadores: solo el 35 por ciento considera que la política puede ser un escollo.
Según esta estimación, los votantes del PP y Vox dan menos importancia a esta circunstancia que los de Sumar y Podemos (24 y 31 por ciento versus 50 y 51 por ciento).
La encuesta es de hace casi dos años.
Sospecho que, de ser más actual, los porcentajes serían bastante más altos en ambos casos.
Pero la polarización no solo condiciona las relaciones afectivas, ya sean de amistad o de pareja.
Ha invadido por completo la cotidianidad.
Si hablamos de cine, existen películas de derechas y otras de izquierdas.
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