España se hunde en PISA: no es la IA
La OCDE publicó la pasada semana los peores resultados de PISA de toda nuestra historia: los alumnos españoles de quince años van hoy más de un curso escolar por detrás de donde estaban hace una década.
Y lo más llamativo del informe no es la magnitud de la caída, sino su perfil: quienes más se han desplomado no son los estudiantes de familias desfavorecidas, sino los de familias con renta y estudios superiores; y no en su capacidad de razonar, sino en su capacidad de sostener el esfuerzo cognitivo a lo largo de textos extensos.
La propia OCDE señala a la irrupción de la inteligencia artificial generativa (lanzada al gran público justo después de la anterior edición de la prueba y adoptada primero por los alumnos con más recursos) como principal sospechosa.Es cierto que la cronología encaja y que el 40 por ciento de nuestros estudiantes reconoce utilizar 'chatbots' para resumir los textos que debía leer.
Pero de ahí a concluir que la solución pasa por expulsar la IA de las aulas media un abismo.
Porque, en paralelo, la misma OCDE acaba de examinar a las 171 escuelas piloto de El Salvador en las que se ha integrado un tutor de inteligencia artificial dentro del proceso de enseñanza y ha constatado que unos alumnos que en 2022 iban seis cursos por detrás de los alemanes se sitúan hoy a su nivel.
Con todas las cautelas que merecen unos datos preliminares, la lección es diáfana: la misma tecnología que atrofia a quien la emplea como sustituto de su cerebro potencia a quien la emplea, guiado por sus profesores, como complemento de su pensamiento.
El informe español lo corrobora: en los centros que enseñan a evaluar críticamente lo que genera la IA, los alumnos que la usan con frecuencia obtienen mejores resultados que quienes no la usan.El problema de España, por tanto, no es la IA, sino que un sistema educativo planificado centralizadamente hasta el último detalle ha sido incapaz de absorberla: se la ha ignorado o prohibido dentro de las aulas mientras los alumnos la utilizaban por su cuenta, sin orientación alguna, fuera de ellas y para ahorrarse cualquier esfuerzo.
Y esa rigidez resulta letal ante un cambio tecnológico tan disruptivo, porque cuando las directrices generales son malas, y PISA acredita que lo son, nos hundimos todos a la vez.
Un sistema descentralizado, en el que cada escuela pudiera diseñar su propia estrategia (unas colocando la IA en el corazón de su método, otras descartándola por completo), permitiría comparar modelos , abandonar los que fracasan y extender por emulación los que triunfan.
No nos precipitemos a restringir la inteligencia artificial: liberemos a los colegios para que aprendan a integrarla en las aulas.
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