Crisis de valores
Siempre que analizamos las calamidades que nos gangrenan tendemos a fundarlas en una 'crisis de valores'.
Este sintagma que se ha convertido en una suerte de placebo inane que, sin embargo, se sigue presentando como una suerte de panacea universal.
Pero lo cierto es que los 'valores' son productos culturales, cuya jerarquía establece cada época en función de sus preferencias e intereses; y cuya vigencia declina a medida que tales preferencias e intereses cambian.
Frente a los eventuales y voltarios 'valores' se alzan las inmutables virtudes, que los antiguos invocaban en circunstancias similares a las que nosotros ahora sufrimos; pero para que tales virtudes puedan ser invocadas, hace falta reconocer una ley moral de la que tales virtudes emanen, cosa a la que nuestra época no parece dispuesta.Hoy se habla incansablemente, en una logomaquia aturdidora, de valores sociales, valores políticos, valores educativos, etcétera; pero hablar de 'valores' es como hacer un brindis al sol.
Pues lo cierto es que los llamados 'valores' (término de inequívoco tufillo bursátil) son percepciones subjetivas sobre la realidad de las cosas, acuñaciones culturales que en tal o cual época se reputan convenientes o beneficiosas; y que, como todas las acuñaciones culturales, son necesariamente cambiantes, sobre todo en sociedades tan 'diversas' y 'plurales' como las nuestras, donde 'coexisten' (odiándose en sordina) personas con valores radicalmente opuestos e incompatibles.
Referirse en una sociedad 'plural' a los valores es como referirse a los gustos personales: cada quisque elabora los suyos; y tratar de entenderse en medio de un hormiguero de valores personales inconciliables es tan ilusorio y grotesco como pretender hacerlo entre los escombros de la torre de Babel.
En nuestras sociedades, más que una 'crisis de valores', hallamos una 'plétora de valores', un 'supermercado de valores' –a veces conformados por las ideologías en liza, a veces por la pura conveniencia personal– que las incapacita para los esfuerzos colectivos.Cada persona juzga la naturaleza de sus acciones sin aceptar la existencia de una fuente suprema de autoridad moralPero es lógico que, faltándonos la capacidad para medir el bien conforme a una ley moral inmutable, acabemos cifrándolo en aquello que nos conviene o beneficia, en aquello que ratifica o exalta nuestras 'opciones' vitales, en aquello que postula nuestra ideología.
Esta 'plétora de valores' es la consecuencia natural de la 'autonomía personal', que es un dogma inatacable de las democracias modernas.
Cada persona juzga la naturaleza de sus acciones sin aceptar –sin considerar siquiera– la existencia de una fuente suprema de autoridad moral.
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