Los 'bichos raros' inundan Sitges en 1892 con las fiestas modernistas de Rusiñol
El verano es tiempo de fiestas mayores, de celebración popular, de una cerveza al anochecer cuando refresca, y si eres una figura del modernismo como Santiago Rusiñol , y no te va el confort y la moral bien pensante, es tiempo de agitar las conciencias y poner la ordenada vida burguesa de cualquier población costera patas arriba.
Al menos eso es lo que sucedió en Sitges en 1892, el momento más festivo y de mayor repercusión mediática que se recuerda en la pequeña localidad catalana desde que el tiempo es tiempo.Estamos en el 23 de agosto de 1892 y desde Barcelona llegan artistas de la talla de Ramon Casas o Eliseu Maifrén, que odian el realismo banal imperante en la Barcelona de finales del XIX.
Bajo el brazo del gran Rusiñol, que ya se había establecido en Sitges en 1891 enamorado de su luz, sus gentes y sus claras noches, quieren marcar a fuego que los nuevos tiempos han llegado.
La intención es organizar una exposición con pintores locales de la escuela luminista y mostrar el rechazo radical a los gustos burgueses más en boga en la época que llegan desde Barcelona.De esta forma, Rusiñol usa a los pintores de la vieja guardia de Sitges como Joan Roig, Joaquim de Miró o Arcadi Mas, para dar más gravedad a sus propias ideas.
Rusiñol admira su uso de la luz, su búsqueda del espacio perfecto con la paleta siempre fuera del taller, pero en su idea de un 'arte total', cree que todavía se puede ir más lejos. «En Sitges la música, la pintura y la palabra se funden en una sola corriente que arrasa con la vulgaridad de la vida cotidiana», dirá el poeta Joan Maragall.Los luministas no se escapaban tanto de la estela realista, capturando paisajes al aire libre con ciertos toques costumbristas.
Rusiñol los usará como palanca para ir muchísimo más lejos.
Los modernistas quieren ser expresivos, intensos, simbólicos, ambiguos temáticamente.
Se presentan como renovadores en busca de un arte nuevo, más bohemio y cercano a los movimientos que imperan entonces en Europa.
El combate estaba servido. ¿El vencedor? La historia siempre acaba escribiéndola el futuro.
La impresión que causaron las pinturas de Fortuny, Casas, Maifrén y compañía pareció diluir el trabajo de los pintores más consagrados luministas y convertir su obra en baladí de la noche a la mañana.
El luminismo se ensalza acompañado de las maravillas modernistas, pero quedan totalmente eclipsados.
La luz, ironías del destino, acaba por cegarles.
Sólo queda como una nota a pie de página en las guías del arte como antecedente del modernismo catalán.
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