La fractura española
Hay una pregunta antipática que plantearse en el día de la Fiesta Nacional, y es sobre la vigencia de una idea de España como proyecto compartido.
Una percepción que se está quebrando no sólo por la tensión permanente de los separatismos sino por la asfixiante, enfermiza polarización que contamina de ruido y furia el clima político.
Como ocurrió hace tiempo en el País Vasco y Cataluña, el deterioro de la convivencia se ha extendido por todo el país hasta mediatizar las relaciones entre familiares y amigos de credos ideológicos distintos, arrastrados por el poder sanchista a un enfrentamiento tóxico donde los adversarios adquieren la consideración de enemigos.
Y es de temer que se siga extendiendo el peligro de una ruptura del concepto de nación como ámbito de encuentro colectivo.La Transición refundó la democracia sobre el principio del consenso.
Consenso no significa renuncia a la identidad ni a los valores propios sino respeto por los ajenos.
Prioridad de concordia, esfuerzo de mutuo entendimiento en la construcción de un sistema de libertades donde los grandes problemas comunes puedan resolverse a través de la voluntad de acuerdo.
Hoy, sin embargo, muchos españoles se han desenganchado emocional e incluso intelectualmente de ese modelo, envueltos en la dialéctica tribal entre 'nosotros' y 'ellos', la otredad existencial que Sartre identificó como antesala del infierno.
El pacto constitucional se resquebraja así como un mueble inútil olvidado en el desván de los cacharros viejos.España es mucho más que una población y un territorio cuyas fronteras se han debilitado en conflictos como el de Ceuta.
Es más que una filiación, más que una herencia, más que un carácter, más que una bandera, más que un espacio de cohabitación o un sentimiento de pertenencia, más que un Estado organizado mediante instituciones y reglas.
El rasgo esencial de una nación moderna reside en el ejercicio de la soberanía como cimiento de una sociedad abierta.
Sin ese compromiso de responsabilidad ciudadana sólo queda una estructura hueca, desvertebrada, desmoronándose por falta de elementos de cohesión moral y de aspiraciones estratégicas.
Un paisaje social en decadencia que cada 12 de octubre finge reinventarse en una tregua farisea.Este año la celebración histórica se desarrolla en el marco de unas vísperas electorales convertidas en goyesco duelo a garrotazos.
Nada nuevo: una campaña siempre exacerba los instintos sectarios, las proclamas divisionistas retroalimentadas en discursos dogmáticos.
Sin embargo esta vez se trata de un escenario de crisis de régimen, un choque de paradigmas enfrentados en un conflicto de recíproco rechazo.
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